Era el 25 de marzo de 1911. Anochecía en Nueva York cuando
se desató el incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist
Factory de Manhattan. A pesar de ser sábado, las
trabajadoras seguían en el edificio, pues su jornada de
trabajo duraba nueve horas durante seis días a la semana.
Ese día, 147 mujeres, todas ellas muy jóvenes, murieron; no
pudieron escapar del fuego, ya que estaban sometidas a unas
condiciones laborales tan abusivas que ni siquiera podían
abrir las puertas de emergencia para evitar que perdieran su
valioso tiempo de trabajo saliendo a tomar el aire a las
terrazas. Este trágico suceso conmovió al incipiente
movimiento de mujeres y fue elegido como símbolo para la
conmemoración del Día Internacional de las Mujeres.
Hoy
celebramos el 8 de Marzo y la casualidad hace que escriba
este artículo conmemorativo en la ciudad de Nueva York, en
la sede de Naciones Unidas, en el marco de la 54ª Sesión de
la Comisión Jurídica y Social de la Mujer (CSW), el año que
se celebra el 15º aniversario de la Conferencia
Internacional de Beijing: Beijing+15. Es un período
suficiente para que podamos reflexionar en torno a los
logros alcanzados estos últimos quince años.
¿Qué cambió en Beijing? ¿Cómo hemos cambiado desde
Beijing? Una cosa que sí consiguió Beijing fue que la
desigualdad fuera vista como un problema global, un reto
pendiente con multitud de manifestaciones. También puede
considerarse un logro la legitimidad que adquirió la lucha
por la igualdad gracias al reconocimiento internacional que
se ha ido poniendo de manifiesto con la formulación de
declaraciones, resoluciones, dictámenes y recomendaciones
intergubernamentales trasladadas a los gobiernos para su
implementación. En Beijing se visualizó con gran fuerza la
fortaleza y la importancia del movimiento social y de las
ONG, cuyo protagonismo y empuje sigue escenificándose cada
vez que se celebra un acto internacional. Creo que hemos
aprendido que la igualdad es un reto, aunque las
manifestaciones de la desigualdad sean muy diferentes. Cada
vez somos más conscientes de que la globalización nos ha
situado en un mundo altamente interconectado, para lo bueno
y para lo malo, por lo que los logros que consigamos en el
Norte serán un referente para el Sur y las reivindicaciones
del Sur serán una responsabilidad para el Norte.
Estoy rodeada de mujeres de diferentes países, razas,
culturas, tradiciones y herencias. Ahora mismo, escucho,
traducida al inglés, a Tarcila Rivera Zea, que realiza su
intervención en quechua, recordándonos siglos de esclavitud,
exterminio y explotación por parte del Primer Mundo. Veo a
mujeres que llevan cubierta la cabeza, pero que aplauden
cada vez que una ponente reivindica la igualdad y la
necesidad de perseverar en la lucha. Esta imagen me lleva a
reflexionar sobre la visión etnocéntrica de algunos
feminismos y en la necesidad de profundizar en las
reivindicaciones de las mujeres de todo el mundo, desde las
herencias culturales y religiosas, pero también desde la
igualdad.
Escucho a una mujer de la República Democrática del Congo
que lamenta que en su país las cosas no han cambiado desde
Beijing. Escucho a una mujer que denuncia el apoyo de los
gobiernos a un posible Gobierno de coalición talibán en
Afganistán, que perpetuará la vulneración de los derechos de
las mujeres afganas a recibir educación y a tener libertad
de elección para construir sus propias vidas. Escucho
mensajes de esperanza para el futuro y casi puedo ver la
fina línea que nos une a todas las mujeres del mundo en la
lucha por la igualdad y por una sociedad más justa.
Son mujeres, todas ellas, que, al menos en este momento,
son dueñas de su tiempo, un tiempo que han decidido dedicar
a reunirse en una sala de conferencias de Naciones Unidas,
para escenificar la unión de las mujeres de todas las
naciones del mundo a favor de la igualdad y que comparten la
reivindicación y el trabajo por su consecución, que
comparten la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres
en el mundo.
En 1911, las 147 mujeres de Manhattan no fueron dueñas de
su tiempo. Casi cien años después, son el símbolo de una
reivindicación que se ha desarrollado tanto a nivel práctico
como teórico y que posee indiscutibles argumentos para
seguir creciendo y alcanzando logros. Y en esta fecha tan
señalada, desde Emakunde hemos lanzado una campaña centrada
precisamente en el tiempo, en el uso que mujeres y hombres
hacemos de ese tesoro que, a pesar de todo, nos pertenece.
"Muchas horas y poco tiempo" es el lema de una
campaña que insiste en la necesidad de un mayor equilibrio
entre los usos del tiempo personal, social, familiar y
laboral de las personas, y que denuncia el uso diferencial
del tiempo de mujeres y hombres y sus consecuencias
negativas en el objetivo de la igualdad. 99 años después,
queda aún mucho camino por recorrer.