Éste es el estremecedor diario, contado en
primera persona, de dos mujeres maltratadas
por sus parejas. Han vivido el horror e
intentan escapar de la espiral de crueldades
que las han atrapado. Pero las dos siguen
amenazadas por ‘Ellos’. En lo que va de año
han muerto en España más de veinticinco
mujeres por la violencia machista. Estas
páginas reconstruyen la pesadilla minuto a
minuto.
El miedo Diario de A.
Martes 15 de abril de 2008
A las siete de la mañana tengo que dar los
pasos más difíciles del día. Sólo son veinte
metros. Separan mi coche del ascensor de esta
segunda planta subterránea. El eco de mis
pisadas retumba en las paredes. Nunca coincido
con nadie a estas horas. Y esa soledad me
aterroriza. Me hace temer que Él pueda aparecer
y hacer conmigo lo que quiera. Maldito garaje.
Esta mañana no estoy sola. Me acompaña un
periodista. Sólo podrá decir que me llamo A.,
tengo 39 años y soy española. Ha venido a
buscarme a la puerta de casa de mis padres, a
las afueras de esta ciudad donde vivo desde
pequeña. Mis dos hijos, una niña de ocho años y
otro de seis, y yo estamos ahora con ellos. Soy
coqueta y me gusta llevar siempre un toque de
maquillaje. Hoy visto una cazadora de cuero
marrón, pantalones vaqueros de color blanco, una
blusa y unos zapatos negros. Cada día, sábados y
domingos incluidos, me desplazo a las seis y
media de la madrugada hasta el centro para
mantener un negocio de venta de periódicos,
revistas y objetos de papelería. El periodista
sube conmigo al coche. Me acompañará durante
todo el día. Después de aparcar, subo junto a él
las dos plantas subterráneas en ascensor con la
respiración entrecortada. Definitivamente, no me
gusta estar aquí dentro. Vuelvo a respirar
cuando alcanzo la calle.
Ya no estoy sola. Los madrugadores deambulan
por este barrio céntrico. María es la portera
del edificio contiguo a la tienda y conoce toda
mi historia. Su marido, el portero consorte, ya
tiene todo preparado cuando llego. Las montañas
de periódicos flanquean la entrada, delante del
panel de revistas colgadas con pinzas. Le pago
un dinerito a la semana por abrir y cerrar el
negocio. Porque el miedo no sólo aparece en el
parking. También llega al avistar la matrícula
de un coche o la marca de una moto. Conduzco
fijándome en los que se ponen a mi lado. Nunca
espero al borde de la acera para cruzar un paso
de cebra. Temo que Él pueda aparecer por detrás
y me empuje contra un coche. Camino por la calle
mirando a la cara de la gente. Siempre estoy
alerta. Siempre. Conocer la cara de mi amenaza
puede ser una ventaja a la hora de localizarlo.
Pero todavía soporto la cruz de no poder
quitármelo de la cabeza.
Diario de D.
Jueves 17 de abril de 2008
Cuando me asomaba por esta ventana de la casa
de acogida y miraba los trenes que paraban en la
estación de enfrente solía pensar: “¿Cuándo
llegará el mío?”. Fueron muchas noches sin
dormir, alimentando las ojeras. Pero tengo
buenos recuerdos de mi estancia aquí. Pude
olvidar durante una temporada el horror que aún
me provocan las esquinas, el pánico a que Él
aparezca al otro lado de la calle. El miedo lo
destruye todo. Te anula. Te paraliza. La
habitación está ocupada hoy por otra mujer que
ha empapelado las paredes con fotos de sus
hijos. Pero al asomarme de nuevo por una de las
ventanas del que fue mi cuarto y el de mi hija
durante seis meses, al contemplar una vez más la
vía del tren y las montañas de pinos calados por
la lluvia no puedo evitar las lágrimas delante
del periodista. He vuelto con él para que
conozca cómo ha sido mi vida hasta hace poco.
Dirá que me llamo D., tengo 36 años, soy rumana
y vivo en una ciudad española desde hace casi
tres años. En todo ese tiempo he aprendido a
defenderme con el idioma. Cristina, una de los
siete trabajadores sociales de la casa, me
abraza al verme llorar. Lo necesito. Como ella
dice, es lo primero que echamos en falta las
mujeres maltratadas por nuestras parejas cuando
llegamos a este lugar. Pero Cristina, la
directora, también recuerda que ésta es una
estación de paso. Llegado el momento, tenemos
que seguir solas nuestro camino.
Yo lo intento desde el 7 de enero de este
año. Aquel día volví a casa de mi hermana, en el
centro de la ciudad. A partir de entonces tuve
que doblar la medicación para los nervios y la
ansiedad. Diazepam, Citalopram, una pastilla
tras otra. A veces pierdo el hilo de las
conversaciones cuando estoy bajo sus efectos. Mi
vida transcurre entre visitas al centro de salud
para recoger el cóctel de tranquilizantes y
barbitúricos y las consultas de psicólogos que
atienden también a mi hija. Tiene tres años y
todavía no habla. Los médicos no descartan una
posible relación con la violencia que ha
presenciado.
La primera vez que me pegó
Diario de A.
Jueves 10 de julio de 2003
Llegó a casa a las cuatro de la madrugada.
Hacía tiempo que ya no me decía dónde iba ni lo
que hacía. Dijo cosas sin sentido e intentó
despertarme. Yo tenía que levantarme en un par
de horas para abrir la tienda. Déjame dormir,
por favor. Ni caso. Déjame en paz. Me mordió en
una mano con toda su rabia. Al principio pareció
una reacción infantil. Pero me dejó los dientes
marcados. No entendía nada. Me dio un cabezazo y
empecé a preocuparme seriamente. Él se marchó a
la cocina y pude escucharle rebuscando en el
cajón de los cuchillos. Salí corriendo a la
terraza, pensando que no sería capaz de hacerme
nada al aire libre. Si se atrevía a venir,
gritaría con todas mis fuerzas. Me amenazó de
muerte.
Desperté a los niños a las seis de la mañana
y me los llevé a casa de mis padres. Les conté
todo nada más llegar. Ellos me dijeron que debía
denunciarle ese mismo día e ir al médico para
solicitar un parte de lesiones. Fui al médico,
denuncié y empezó otro calvario de tres meses,
hasta que me concedieron la orden de
alejamiento. Hasta entonces, los niños y yo nos
quedamos en casa de mis padres.
Poco después se presentó en la papelería y
volvió a agredirme. Me agarró por el cuello y
dijo que me mataría. Estaba rabioso por la
denuncia. “Me lo has quitado todo”. Igual pensó
que yo volvería. Estaba equivocado.
Diario de D.
Domingo 5 de diciembre de 2004
A medida que avanzaba mi embarazo obtuve la
baja en la clínica de Atenas donde trabajaba.
Llevábamos pocos días casados y esperábamos una
hija. A la hora de comer le dije que deberíamos
comprar cosas para la llegada del bebé. Él se
puso nervioso. “No seas pesada, ya haremos todo
eso más adelante”. Pero insistí. Y una de
aquellas manos curtidas que me inspiraron
confianza cuando le conocí estampó su huella en
mi cara. Sus manos lo destrozaron todo con dos
bofetadas. Jamás lo había hecho antes. Nunca
pensé que haría algo así, a pesar de machacarme
psicológicamente desde que nos conocimos. “Eres
la tonta de tu familia, todo el mundo te toma el
pelo”, solía decir. Tampoco a mí me gustaba
levantarme a la fuerza de madrugada para
prepararle el desayuno, pero no daba excesiva
importancia a esas cosas. Quizá debía haberlo
hecho. Traté de pararle los pies.
–No vuelvas a pegarme. Si lo repites,
tendremos que separarnos.
–Dependerá de ti. Si sigues con esa actitud,
tendré que seguir zurrándote.
Volvió a pegarme. Durante los madrugones para
prepararle el desayuno empezó a embargarme una
intriga cotidiana por saber si Él tendría un
buen día. Intentaba hacerlo todo bien, la
comida, las tareas de la casa… Trataba de ser
perfecta y esperaba a ver con qué humor se
levantaba.
Antes de nacer la niña se le pasó por la
cabeza montar un negocio, pero le faltaba
dinero. Una noche, tumbados en la cama, me
propuso vender el terrenito y la casa que yo
había dejado en Rumania para invertirlo todo en
su empresa. Le expliqué que compartía la
propiedad con mi hermana pequeña; si, llegado el
momento, decidía vender esas propiedades,
necesitaría su consentimiento. Se subió encima
de mi barriga de siete meses y preguntó: “¿Has
tomado ya la decisión?”. No me dio tiempo a
responder. Me abofeteó la cara hasta que sangré
por la nariz y se largó a prepararme un baño de
agua fría. Aquello se convirtió en una especie
de ritual, en una tortura. Después de la paliza
me obligaba a meterme en la bañera con agua
helada. “Saca las energías negativas que llevas
dentro. Me provocas”.
Cuando ya faltaba poco para el nacimiento de
la nena me pegaba a diario. Paliza y ritual. En
el último mes, varias veces al día. Patadas,
tortazos, tirones de pelo camino de la bañera.
“Mírame a los ojos cuando te pego”. Me tapaba la
cara con una almohada para que los vecinos no
escuchasen mis gritos. Aprendí a llorar en
silencio. ¿Por qué soportaba aquello? Sentía
vergüenza, de lo que estaba pasando y de
contárselo a alguien. Vergüenza de que pudieran
enterarse mis hermanos, de sacarlo todo a la
luz. No quería cargar a nadie con aquella
desgracia. Todavía hoy me cuesta horrores
contárselo al periodista. Tengo que parar. Y
tomar otra pastilla.
No recuerdo que en Grecia existiese una buena
infraestructura para ofrecer protección a las
víctimas de la violencia de género. O al menos
yo no tenía noticias en ese sentido. Empecé a
temer por mi vida. Entre sus aficiones no
figuraban ni la bebida ni el consumo de drogas.
Jamás me pegó bebido o drogado. Lo suyo era pura
maldad.
Decía que yo no comía lo adecuado para
alimentar al feto. Una mañana fui a comprar
mandarinas al mercado y cuando volví a casa las
tiró por el suelo. “No vuelvas a darle esa
mierda a la criatura”. Todo estaba siempre mal.
Todo lo hacía siempre mal. Llegué a creer que
sería incapaz de criar a una niña.
–Si te perjudico tanto, ¿por qué no nos
separamos?
–Si vuelves a decir eso, te mato. Tú te
separas cuando lo diga yo.
Me entró el miedo más grande que puedas
imaginar.
La madrugada del 27 de marzo de 2005 llegaron
las contracciones. Él no quería que contase a mi
familia la noticia del nacimiento de la niña.
Pero mi hermana pequeña me llamó por teléfono y
no pude evitar decírselo. Ella se presentó con
regalos y me eché a llorar en sus brazos.
Preguntó si todo iba bien. Le dije que tenía
dolores del parto.
Cinco días después ya estaba de nuevo en
casa, dando el pecho a la nena. Él llegó por
detrás y me golpeó. El bebé empezó a llorar.
Mientras encajaba los puñetazos la acosté en la
cunita. Me pateó las heridas del parto y le pedí
que fuéramos a otra habitación para no asustar a
la niña. Él la sacó de la cuna y la envolvió en
un mantel. “Deja de llorar o la estampo contra
la pared”. A partir de entonces aprendí a llorar
sin lágrimas. El agua fría volvió a inundar la
bañera para el ritual.
La vida
Diario de A.
Martes 15 de abril de 2008
En mi vida suenan muchos teléfonos, pero hay
uno que no puedo dejar de llevar desde hace un
año. Se llama TAM y pertenece al servicio de
teleasistencia para víctimas de la violencia de
género. Lleva conectado un GPS con el que la
policía localiza mi posición, salvo en el metro
o en lugares donde la señal se emite con
dificultad. Por eso no puedo bajar la guardia.
La primera llamada del día llega al teléfono
de la tienda alrededor de las ocho de la mañana.
“¿Habéis desayunado ya?… ¿Cómo has dormido?… Un
besito, guapa”. Siempre hablo con mis hijos
antes de que mi padre los lleve al cole. Él
viene a hacerme compañía a partir de las diez y
hasta la hora de comer. También me ayuda a
atender a los clientes. Antes venía por las
tardes, pero le he pedido que deje de hacerlo.
Tengo que acostumbrarme a llevar una vida lo más
normal posible. “Ahora está saliendo”, dice mi
padre al periodista. “Pero hemos sufrido mucho.
Y el miedo siempre está ahí; veremos qué pasa
cuando termine la orden de alejamiento, dentro
de unos años. Al menos ella ha podido contar con
nosotros, con sus padres y sus hermanos. No me
explico que haya mujeres que no le cuenten esto
ni a su familia”.
Guardo cada euro de los clientes bajo el
mostrador de cristal. Los billetes van a la caja
registradora, situada bajo una cámara de
videovigilancia. La tienda es pequeña, sí, pero
hay de todo. Prensa, chuches, cuadernos de
anillas sobre estanterías de madera, una vieja
fotocopiadora, el último de Harry Potter… Lo que
de verdad tiene gracia es esa silla azul situada
frente al mostrador, una especie de confesonario
para los vecinos. Uno quiso contarme, no hace
mucho, los detalles de su operación de próstata,
pero debí de poner una cara… Se levantó muy
molesto y dijo que era demasiado aprensiva. Pero
creo que a todos en el barrio les caigo bien. A
los suscriptores de diarios les estoy entregando
vales para recoger su periódico en otro quiosco
el último domingo de abril. Ese día celebraremos
la comunión de la niña. Será una excepción.
Menos en agosto, sagrado para mí, abro a diario
desde hace varios años. Son las diez, y mi padre
acaba de llegar. Salgo con el periodista para
desayunar y contarle mi historia desde el
principio.
Nací en Granada en 1969 y soy la segunda de
cuatro hermanos. Nos mudamos con mis padres
cuando apenas tenía unos meses a la ciudad donde
vivo ahora. Terminé la FP de administrativo y
empecé a trabajar antes de cumplir los dieciocho
en una multinacional. A los veinte cambié de
empresa y conocí a quien se convertiría en mi
marido una década después. Él tenía ocho años
más que yo y se encargaba del área de
informáticos de la misma compañía. Yo estaba de
secretaria del presidente, quien ejerció de
celestino. Quedamos en varias ocasiones. Un día
me dio un anillo. Me hizo ilusión. Nos casamos
un año más tarde.
Diario de D.
Miércoles 16 de abril de 2008
Sólo voy con la niña al parque un par de
veces a la semana. El periodista y yo hemos
encontrado uno al salir del centro de servicios
sociales del Ayuntamiento. Nos sentamos para
reconstruir mi vida. La nena juega a escasos
metros de nosotros, pero la vigilo en corto. Si
algún niño le quita el oso de peluche, me acerco
para tratar de recuperarlo. Ella no sabe decir
que es suyo. Si se cae, salgo corriendo como una
condenada para recogerla del suelo.
Prácticamente soy sus manos, su voz. No puedo
evitarlo.
Nací en Paunesti, al sureste de Rumania. Mi
padre y mi madre se separaron, y él nos llevó a
los hermanos bajo su custodia a uno de los
inhóspitos orfanatos de la era Ceausescu. Tres
años después volví con mi madre. Ingresé en la
Escuela Universitaria de Enfermería a los 19,
compaginando los estudios con trabajos en la
pequeña porción de tierra que mi madre cultivaba
junto a la casa. Tras licenciarme, con 22 años,
me trasladé a Focsani para trabajar en un
hospital. También compré una parcelita y empecé
a cultivar flores. No tardé mucho en abrir una
floristería. Compré un piso de tres
habitaciones, y mi hermana pequeña se trasladó a
vivir conmigo. Me echaba una mano en el negocio.
La vida me sonreía, sí. Pero soñaba con vivir
cerca del mar, en un lugar con climas cálidos. Y
me apasionaba la mitología griega. Viajé a
Atenas en 1997 para asistir a la boda de una de
mis hermanas. La ciudad me atrajo tanto que dos
años después ya había liquidado el negocio de
Paunesti y estaba contratada en una clínica
ateniense. Mi hermana pequeña también se vino.
Juntas alquilamos un piso.
Como me gustaba correr, pensé que inscribirme
en un club de jogging sería una buena forma de
conocer a gente. Mi futuro marido era uno de los
socios. Le conocí en febrero de 2004, durante
una fiesta. Era un tipo alto y fuerte. Sus
curtidas manos de albañil me inspiraron
confianza. Me recordaban a las de aquellos
trabajadores del campo rumano a quienes las
niñas llevábamos comida al mediodía. No me
enamoré. Pero tenía 30 años y pensé que podría
ser un buen hombre junto a quien formar una
familia.
El día de mi boda
Diario de A.
Jueves 24 de septiembre de 1998
Fue un día bonito. Viajamos a las islas
Mauricio y Reunión de luna de miel. Y lo pasamos
muy bien. En 1999 nació nuestra primera hija, y
con ella la familia que Él siempre quiso tener.
La misma que se encargó de destrozar.
Éramos felices. Trabajábamos en la misma
empresa. Yo seguía como secretaria del
presidente, y Él, con su cargo al frente de los
informáticos. En el año 2000 presionó para que
regularizaran la situación de varios empleados a
su cargo y le echaron. El presidente acabó
despidiéndome también un año más tarde. Él montó
una nueva empresa. Si se hubiera aplicado, le
habría ido de maravilla. Llegué a trabajar para
Él durante un año. Hasta que nació el niño.
Montamos esta tienda encima de la nueva
oficina de Él, muy cerca de nuestra casa. En
2002, Él echó el cerrojo a la PYME y yo
permanecí aquí arriba, vendiendo periódicos,
chuches y libros. Se acostumbró a pasarse para
coger dinero de la caja registradora.
Desaparecía durante el resto del día, sin
decirme dónde se metía. Entró en una espiral de
mentiras. Jamás le di razones para tener celos
ni creo que los tuviera. Simplemente se fue
deteriorando, estropeándose. Nunca había sido
agresivo conmigo, pero empezó a alterarse cuando
discutíamos.
Diario de D.
Jueves 25 de noviembre de 2004
Sólo hacía un mes que le conocía y ya se vino
a vivir a mi casa. En el verano de 2004 viajé a
Rumania para visitar a mi madre y me di cuenta
de que estaba embarazada. Le telefoneé para
decírselo. No le hizo mucha ilusión. A finales
de año, Él me propuso que nos casáramos “para
que el bebé tuviera un padre legal”. El 25 de
noviembre contrajimos matrimonio en el
Ayuntamiento de Atenas. Fue un día triste. Sólo
me dejó invitar a una de mis hermanas a
condición de que viniera la suya. Ni siquiera
permitió que nos hicieran fotos.
La familia
Diario de A.
Septiembre de 2003
¿Has visto lo que le ha pasado al coche de tu
padre? Y la ventanilla del coche aparecía
destrozada. Mensajes a mi móvil, llamadas de
madrugada a casa de mis padres. Cambiamos los
números de teléfono de toda la familia después
de la primera agresión. Un día, los bomberos
tuvieron que apagar un principio de incendio
dentro de la tienda. Pintadas en la chapa del
local. “Puta”. No me atrevía a ir sola a ningún
sitio. Mi padre me acompañaba a todas partes,
desde primera hora.
Él pasaba con la moto por la puerta de la
papelería y me hacía una señal de degüello.
Entraba aquí como Pedro por su casa. Un día
intentó llevarse la máquina registradora y traté
de impedírselo. Me tiró al suelo, me escupió y
me pegó patadas. Mi padre estaba presente. Pero
no quería hacer nada, porque Él buscaba una
excusa para justificar su comportamiento. Aquel
día, la policía se lo llevó detenido en un coche
patrulla. Volvimos a pedir la orden de
alejamiento hasta que la concedieron, en
septiembre de 2003. Tres meses más tarde de la
primera agresión.
“Si lo ves por aquí, llámanos”. Pasé un año
bajo la amenaza constante hasta que se celebró
un juicio, en octubre de 2004. Podía haber
pasado cualquier cosa en todo ese tiempo. Por
entonces no existían los juicios rápidos para
casos de violencia de género.
El pleito fue doloroso. Pero eres tú y tu
vida. En octubre de 2004 le condenaron por un
concurso de varios delitos relacionados con la
violencia de género. Me alegro de haber hecho lo
que hice, de haber denunciado desde la primera
agresión. Seguir viviendo así habría sido una
tortura.
La Audiencia Provincial resolvió en febrero
de 2005 el recurso que Él presentó y la
sentencia se convirtió en firme. Ingresó en
prisión y pensé que por fin podría vivir un
poco. Desde la cárcel envió algunas cartas a
nombre de los niños. El periodista dice haber
encontrado en ellas una frase que podría definir
a alguien que equivoca conceptos: “La libertad
es soportar al prójimo”.
Diario de D.
Mayo de 2005
Pasaron los meses sin que nuestra hija
tuviera nombre. Yo quería ponerle el de la diosa
griega Ártemis, pero no me atrevía a decírselo.
Él quiso que llevara el nombre de una de mis
hermanas, que vivía en España y vino a
visitarnos cargada de regalos. Aquello debió de
impresionarle. Propuso que nos trasladásemos a
España. Y pensé que podría ser una oportunidad
de volver a empezar desde cero. Mi hermana nos
acogería durante un tiempo en la casa que
compartía con otro de nuestros hermanos.
Llegamos el 23 de mayo de 2005. Mis hermanos
se marchaban a trabajar por las mañanas y nos
dejaban solos en casa. Una semana después volvió
a agredirme. Estábamos en la cama, Él tumbado y
yo dándole el pecho a la nena. Me preguntó si me
gustaba la ciudad y me dio un puntapié en la
cabeza. Perdí el conocimiento. Cuando recobré la
consciencia estaba tirada en el suelo.
Afortunadamente, la niña había caído sobre la
cama. Dijo que nos volvíamos a Atenas. Conseguí
convencerle para que Él regresara y a mí me
dejase pasar el verano con mis hermanos. Se
había convertido en un especialista en golpearme
sin dejar marcas y ellos no sospechaban nada.
Pero mi hermana entró en el baño y me sorprendió
llorando. Exploté. “Vamos al hospital, yo me
haré la enferma”, dijo ella. Conseguimos salir
solas de casa.
Parte de lesiones del 31-5-2005: golpes en
zonas genitales, tumoraciones en los muslos.
Escoliosis. Rojeces en el rostro. Cefaleas.
–¿Cómo se ha hecho usted todo esto?
–Me ha pegado mi marido.
Él se marchó dos días después. “Te espero
dentro de un mes”, dijo antes de irse.
La amenaza
Diario de A.
Marzo de 2007
La policía me llamó para avisarme de que Él
salía en libertad. La fiscalía recomendó de
oficio una orden de protección. Me ofrecieron el
máximo nivel de vigilancia, consistente en
escolta policial durante 24 horas, pero solicité
cambiarlo por acompañamientos al desarrollo de
las actividades cotidianas. Los agentes, armados
y de uniforme, venían conmigo desde la puerta
del garaje hasta la tienda. Por la tarde me
seguían en coche hasta la casa de mis padres.
Aprendí a vivir con escolta. No sé cómo vive un
amenazado por la banda terrorista ETA, pero
aquello debía de parecerse bastante.
El periodista ha preguntado sobre este y
otros aspectos a la máxima responsable policial
del Grupo de Atención a las Víctimas de
Violencia de Género de la ciudad donde vivo.
Anna Choy coordina la protección de las mujeres
que hemos decidido contar en este reportaje el
terror que soportamos las víctimas de la
violencia machista. “Como estos dos casos
seguimos alrededor de 3.000 en toda la ciudad,
para los que contamos con 30 efectivos. En
cuanto a la escolta que ofrecemos para los
amenazados por ETA, la única diferencia a la
hora de prestar el servicio es que lo hacemos de
paisano”. Un mes más tarde quisieron prorrogarme
la protección policial, pero no fue posible.
Lamentablemente somos demasiadas. Y no hay
efectivos para todas. A cambio me concedieron la
teleasistencia.
Diario de D.
Junio de 2005
Él ya estaba en Atenas cuando mi hermana
me acompañó a un centro de atención a las
víctimas de violencia de género del
Ayuntamiento. Desde allí nos remitieron a la
policía y le denuncié. Él llamó a los pocos
días.
–¿Cuándo te vienes?
–Quiero separarme de ti.
–Te mataré. A ti, a la niña y a tus hermanos.
Si no puedo hacerlo yo, enviaré sicarios.
En verano recibimos una llamada. “Escóndete,
va para allá”. Me refugié con la niña en un piso
de acogida de urgencia para víctimas de
violencia de género durante una semana. Como yo
no tenía teléfono, Él llamó a mi hermana para
quedar. “Quiero hacer las cosas bien”. Ella se
lo comunicó a la policía y le propusieron pactar
un encuentro al que varios agentes acudirían de
paisano. El 15 de julio de 2005 le detuvieron al
llegar a la cita. Ese día salvaron la vida de
toda mi familia.
Se celebró un juicio rápido. En dos días fue
condenado a una orden de alejamiento de más de
1.000 metros de nosotros y a presentarse cada
martes en el juzgado. Pero se marchó a Grecia.
El juez dictó una orden de busca y captura.
Desde allí continuaron llegando sus amenazas al
móvil de mi hermana. Mensajes, llamadas tres
veces al día. “Os robaré a mi hija”. Volví a
vivir en casa de mis hermanos. Sin trabajo,
movilicé los trámites para obtener un permiso de
residencia. Salía lo menos posible con la nena.
Miraba detrás de cada esquina. Tenía miedo de
los hombres altos. Lloraba sin motivo. ¿Qué
podía hacer para protegerme? Así pasaron dos
años.
El 15 de junio de 2007, una de nuestras
hermanas llamó desde Grecia. Él había dado con
su teléfono y le advirtió. “Voy a por ellos.
Esta vez no me detendrán”. El 3 de agosto de
2007 se presentó en el consulado griego y
pusimos una nueva denuncia. Vomitaba el miedo y
la medicación que me recetaron. La policía
descubrió que Él se alojaba en un cámping y me
concedieron la teleasistencia que mantengo. A
través de los servicios sociales del
Ayuntamiento, el 21 de septiembre ingresé con la
nena en la casa de acogida a las afueras de la
ciudad. Llamaba dos o tres veces al día a mi
hermana. “Estoy encaminada. Voy a luchar por lo
que me he propuesto”. Volví a plantar flores y a
elaborar el pan de pita para la merienda. El
aroma del pan recién hecho me recuerda el olor
de mi madre.
Hoy es siempre un día
Diario de A.
Martes 15 de abril de 2008
Le vi por última vez a finales del año
pasado, cerca de la tienda. Y llamé a la
policía. Desde entonces no ha vuelto a aparecer.
La fiscalía me comunicó que Él se había mudado a
otra localidad. Ya no me siento amenazada. Pero
tengo miedo. El miedo siempre está ahí.
En verano hará tres años que conozco a José
Manuel. “Vamos a intentar olvidar… si nos
dejan”, dice al periodista. “Al principio estaba
acojonaíllo. Una tarde, tomando una copa, me lo
contó todo. Yo pensé: ¡Vaya papeleta! Con el
marido en la cárcel, los dos niños… Le pregunté
si sentía algo por Él y me dijo que no. Y que me
quería. Empezamos desde cero. Su salvación ha
sido no rendirse jamás a sus chantajes ni a sus
amenazas. No haberle dejado pasar ni una.
Denunciarlo cada vez que aparecía”.
Aunque al principio tenía cierto recelo, no
he desarrollado fobias hacia los hombres. No
puedo pensar que todos sean como Él porque yo
haya sufrido esta desgracia. Pero camino con
cautela. Y a José Manuel se lo he dejado claro:
a mí ni me levantes la voz. Nos hemos comprado
un piso fuera de esta ciudad. Queremos
trasladarnos con los niños.
El juzgado de familia le ha denegado a Él las
visitas. Y ha perdido la custodia. El más
pequeño tiene asumido que el día del padre no
tiene a quién felicitar. Claro que tiene padre,
pero no está con nosotros. Porque Él lo ha
querido. A los dos les explicaré las cosas tal
como sucedieron. Cuando sean mayores.
Son las ocho y media de la tarde, y José
Manuel ha ido a buscar el coche. Siempre lo hace
cuando viene a verme. Me ahorra tener que
escuchar el eco de pasos solitarios retumbando
en las paredes subterráneas. El vehículo está ya
en la puerta de la tienda cuando salgo para
dejar que el portero consorte termine de cerrar.
Hay carteles de traspaso en el escaparate.
Quiero marcharme de aquí. Este negocio y el
maldito garaje son los únicos recuerdos que
conservo del horror.
Diario de D.
Jueves 17 de abril de 2008
Le vi por última vez el 24 de octubre de
2007, un mes antes de que me concedieran el
divorcio. La policía vino a recogerme a la casa
de acogida para acompañarme al juzgado de lo
civil. Comparecía como testigo de sus amenazas
contra mi hermana. Él estaba en la puerta. Al
salir del coche patrulla, toda la terapia de la
casa se derrumbó en un instante. La policía le
detuvo por la orden de busca y captura. Pero el
juez lo dejó en libertad y se marchó de nuevo a
Grecia. Desde allí nos llegan sus amenazas cada
mes. La última fue hace una semana. “Esto no se
ha acabado”. Me gustaría mudarme a otra ciudad
con la nena. Sigo abrazándola con fuerza cada
vez que doblo una esquina. Creo que tardaré en
volver a confiar en los hombres.
En la casa de acogida hoy huele al arroz de
Loli, la cocinera. Montse es la coordinadora:
“Intentamos que encuentren un ambiente lo más
parecido posible a un hogar”. Hay 24 plazas. La
nena y yo ocupamos dos hasta el 7 de enero de
este año. Desde entonces vivo con mis hermanos y
tengo concedida una RAI (renta activa de
inserción) de 260 euros mensuales. Necesito un
empujón para terminar de recuperar mi vida.
Podría volver a trabajar de enfermera. Estoy
capacitada. A veces no encuentro en los
servicios sociales toda la atención que me
gustaría. También he conocido excelentes
profesionales, por supuesto. Pero la sociedad
debe dejar de vernos como una cifra. Los números
nos quitan la voz. Y cada caso conforma un
universo diferente que no puede ser tratado de
la misma forma. El periodista ha preguntado por
esta cuestión a Alba García, la directora del
Programa de Seguridad contra la Violencia
Machista del Gobierno de la comunidad autónoma
donde vivo. Y ella le ha contestado que en
cierto sentido tengo razón: “Debemos avanzar en
el desarrollo del trabajo en red para coordinar
los servicios policiales con los sociales y
judiciales. Y no olvidemos que todavía el 70% de
las mujeres asesinadas el año pasado en España
por sus parejas no había puesto su situación en
conocimiento de las administraciones. Habrá que
mejorar los sistemas de detección. La consulta
del médico de familia es un buen lugar para
vislumbrar los indicios de un posible maltrato y
comunicarlos a un trabajador social que empiece
a realizar labores de prevención”.
Salgo de la casa de acogida con el
periodista. Camino de la estación, vuelvo a
preguntarme: ¿cuándo vendrá mi tren? Por ahora
sólo tengo un billete de cercanías. La nena se
ha quedado dormida. Su cara no me recuerda a Él.
Me recuerda lo que Él ha perdido.
Terror machista
Por Montserrat Comas d’Argemir
La violencia machista ha dejado sin vida a
425 mujeres en los últimos siete años (de 2001 a
2007), asesinadas en el ámbito de la pareja o ex
pareja. Además del insoportable reguero de
sangre, este tipo de violencia ocasiona
diariamente la vulneración de otros derechos
constitucionales: el derecho a la libertad
(amenazas, coacciones), el derecho a la
integridad física (agresiones, maltrato físico
habitual), el derecho a la dignidad (vejaciones,
maltrato psicológico reiterado) y el derecho a
la igualdad en la pareja. Desde la creación de
los juzgados de Violencia sobre la Mujer el 29
de junio de 2005, en los dos primeros años se ha
juzgado a 69.400 hombres (de los cuales 48.971
han sido condenados), se han dictado 53.994
órdenes de protección y se han resuelto 24.634
procedimientos civiles. En el año pasado se
formularon 126.293 denuncias por actos violentos
que se están investigando.
detrás de estas frías estadísticas hay muchas
mujeres víctimas de un terror insoportable,
porque es diario, persistente y está instalado
en el propio hogar. Resulta lacerante que sea
precisamente este ámbito de las relaciones
sentimentales que se inician por afecto el que
se convierta para muchas mujeres en un auténtico
infierno y dolor. Treinta años de democracia no
han sido suficientes para terminar con una de
las manifestaciones más brutales de la
desigualdad entre hombres y mujeres. Y ello es
así porque estamos ante un problema universal
–sucede en todos los países– y con el que
llevamos muchas décadas, ya que responde a una
construcción social que ha potenciado un reparto
desigual de las actividades productivas, creando
unos roles sociales asignados en función del
sexo. Es la pervivencia de los patrones
culturales machistas, de discriminación hacia la
mujer, la que explica que determinados hombres
sigan utilizando la violencia como el
instrumento más expeditivo para mantener
relaciones de control, de subordinación y de
poder.
La última medida legislativa aprobada por
unanimidad en el Parlamento español para
combatir este cáncer social fue la Ley de
Medidas de Protección Integral contra la
Violencia de Género, de 28 de diciembre de 2004.
En ella se concentran todas aquellas soluciones
que deben desplegarse desde distintos ámbitos de
la sociedad: educativas, preventivas,
sanitarias, contra la publicidad ilícita, además
de las medidas sociales, asistenciales, de
recuperación psicológica para las víctimas y de
reinserción social de los condenados. Por ello,
junto a la cruel y tozuda realidad de las cifras
anteriormente referidas, hay otra cara de la
moneda que conviene resaltar: miles de mujeres
en este país han logrado salir del círculo de la
violencia gracias a su tenaz esfuerzo, a los
riesgos asumidos y a los efectos de las medidas
legales.
El aliento de las asociaciones de mujeres que
se han dejado la piel en la lucha por la
igualdad, la contribución de los medios de
comunicación en la sensibilización social, al
haber sacado del silencio los malos tratos y las
medidas acordadas por los poderes públicos en su
compromiso para erradicar esta lacra social, han
abierto caminos esperanzadores en esta larga
lucha. Además, el presidente Zapatero, al
presentar su nuevo Gobierno, ha afirmado que una
de sus prioridades políticas en esta legislatura
será avanzar en el camino de la igualdad. La
formación de un Gobierno con más mujeres que
hombres, algunas en puestos muy relevantes, y la
creación del Ministerio de la Igualdad, tan
criticado por algunos, constituye una opción
política necesaria para priorizar desde el mismo
políticas transversales para combatir la
violencia contra las mujeres y adoptar todas las
medidas necesarias para que se aplique la Ley de
Igualdad. Todos los avances que se logren para
conseguir la igualdad efectiva entre hombres y
mujeres constituyen la clave para reducir y
acabar con la violencia.
Pero nos falta todavía avanzar más. Falta
mayor implicación social y familiar. Los poderes
públicos hemos de lograr que los derechos de
información y asistencia social integral lleguen
a todos los rincones: seguimos manteniendo el
promedio de un 70% de las mujeres que
previamente a su asesinato no habían denunciado
ninguna situación de amenaza o maltrato y, en
consecuencia, no estaban protegidas. Se ha de
dar un impulso al tratamiento y rehabilitación
de los agresores, ingresen o no en prisión, para
conseguir el fin constitucional de su
reinserción social. Se han de comarcalizar los
juzgados, creando más órganos exclusivos con
competencias en varios partidos judiciales,
próximos territorialmente y equipados con todos
los medios: presencia del fiscal, del abogado de
oficio, del médico forense y de las unidades de
valoración forense integral. Sin estas últimas
es difícil que jueces y fiscales puedan
determinar con acierto la valoración del riesgo
de cada víctima, extremo clave para decidir si
deben otorgarse o no medidas cautelares de
alejamiento. También debemos lograr la máxima
seguridad para las víctimas que han denunciado
su situación y se encuentren en peligro.
es verdad que no hemos podido reducir las
insoportables cifras mortales, pero no podemos
atribuirlo a una supuesta ineficacia de la ley,
máxime cuando cambiar los patrones sexistas nos
puede llevar años. Se precisa una gran
revolución cultural. El derecho es siempre un
motor de cambio y de transformación social. Los
resultados suelen ser lentos, aunque
irreversibles. En este largo trayecto contra la
violencia de género es preciso que hombres y
mujeres trabajen codo con codo, porque ésta es
una batalla de toda la sociedad en contra de la
injusticia y la discriminación.
Montserrat Comas d’Argemir es magistrada,
vocal del Consejo General del Poder Judicial
y presidenta del Observatorio contra la
Violencia Doméstica y de Género.