Un maltratador que cumplía condena en una cárcel
gallega le dijo un día a la psicóloga que
conducía el programa de reinserción: "Es que yo
a mi mujer no le pegué con la palma de la mano,
fue con el dorso".
-¿Y cuál es la diferencia?
-se asombró ella.
-Que si le doy con la palma, con estas
manazas que tengo, le hubiera hecho más daño.
Así minimizaba su delito y trataba de
justificarlo. Eso mismo suele hacer la mayoría.
No perciben rechazo social por sus delitos. Son
capaces de verlo en sus compañeros de celda,
pero no en su caso: a ellos su mujer les
provocaba, salía a deshoras, no limpiaba como es
debido. Tanto les dan las manifestaciones de un
pueblo, los lazos negros, los gritos o los
minutos de silencio.
El nuevo delegado contra la Violencia de
Género, Miguel Lorente, lo dibuja en una frase:
"Es que mi mujer se empeña en llevarme la
contraria". "Ni siquiera toleran que ellas
opinen distinto, porque los maltratadores, como
los terroristas, cometen delitos morales, es
decir, que encuentran justificación para sus
crímenes en la defensa de unos principios que
tratan de imponer porque son los correctos".
"Son conscientes de que hacen daño", sigue
Lorente, "pero opinan que la situación que
pretenden corregir, su causa, es
más importante".
Son unos delincuentes que creen que su
condena es injusta. A la cárcel hay que sumar,
coinciden los expertos, un rechazo social
manifiesto que contribuya a la resocialización
de los maltratadores. Y que, hoy por hoy, no se
produce: sólo el 1% de las denuncias proceden de
la familia. El director del Instituto de
Psicología de la Violencia, Andrés Montero,
recurre de nuevo al terrorismo para reivindicar
una actitud social que repudie el maltrato: "La
sociedad tiene que hacer el mismo clic que se ha
hecho en este país con el terrorismo. Suena
fuerte, pero no lo es tanto, porque es un
problema que ataca a las raíces profundas de la
democracia, porque parte de una concepción de
desigualdad".
En el Ministerio de Igualdad, una frase
parece haberse convertido en el eslogan contra
la violencia machista: "Protección a la víctima,
aislamiento al agresor". Son conscientes de que
la sociedad aún no se hace cargo del problema.
Sólo un 2% lo ve así en las últimas encuestas
del CIS. Montero reivindica una militancia
activa. Rechazo entre los amigos, del seno de la
familia o del camarero del bar. Se acabaron las
gracietas sobre la pareja para buscar las
risotadas.
Ana Orantes murió quemada en Granada en 1997
después de una vida de maltrato. Los hijos
repudiaron al padre y pidieron para él 22 años
de cárcel. Varios de ellos cambiaron sus
apellidos. Raquel Orantes, hija de la víctima y
del asesino, critica la "permisividad" que se
respira hacia los maltratadores. "Mi hermano
escuchó en un bar, mientras salían las imágenes
de la muerte de mi madre, este comentario: 'A
saber qué habría hecho para que su marido
llegara a eso".
Orantes puede describir con precisión el
entorno que rodea y a veces protege a los
maltratadores, condenando, de paso, a la
víctima: "Los vecinos lo perciben como un
problema privado. Mi padre nunca tuvo una
palabra agria hacia ellos, ni siquiera se creían
nuestra versión. Él siempre fue un hombre amable
en la calle". Con ese ambiente, los hijos se
criaron creyendo que el horror era algo común en
muchas casas. "Lo normalizas, y tampoco te
quedan fuerzas ni valor para plantarle cara.
Además, te da vergüenza, y sueles ocultarlo",
dice.
Su abuelo paterno, el padre del asesino,
tenía un refrán para los maltratadores: "Son
candil de puerta ajena". "Lo que quería decir es
que en la calle pasan por personas estupendas,
aunque en casa son criminales". Su nieta no
recuerda qué actitud tomó el abuelo hacia su
hijo, pero sí reconoce que los abuelos maternos
apoyaron a su madre, aunque no mucho más allá de
lo que permitía la mentalidad de la época. No
así la madre del agresor, que le "encubrió y
mimó siempre, era su único hijo varón".
No hace dos semanas, una cadena de
despropósitos administrativos y la mano de un
asesino llevaron a la tumba a otra mujer y su
pareja en Alovera (Guadalajara). Estuvieron bien
acompañados en el tanatorio. Nadie velaba, sin
embargo, el cadáver del agresor suicidado. La
tesis es: no se trata de un conflicto de pareja,
sino de un problema social, por tanto, todos
deben implicarse en los cambios. Ni risas, ni
silencios. Sólo desprecio.
Pero la violencia machista ha sido durante
tantos siglos un azote que sólo concernía a los
que compartían alcoba, que la mucha sangre y
sufrimiento derramados apenas remueve la
conciencia colectiva, aunque las muertes
revuelvan los estómagos individuales. Entre 2001
y 2007 fallecieron a manos de su pareja o ex
pareja 425 mujeres.
Pocas veces la ley va por delante de la
realidad, y éste parece uno de esos extraños
casos. Cuando un maltrato continuado a la vista
de todos no era suficiente para retirar el
saludo al agresor, la ley vino a considerarlo
delito. "En estos 10 últimos años hemos avanzado
mucho por la acción de las asociaciones de
mujeres, que han llevado la voz cantante, y de
un Gobierno que se ha comprometido con la
igualdad", dice Montero. "Pero, ¿qué hemos hecho
los hombres mientras tanto? Intentar
resistirnos, amoldarnos a las novedades, a lo
políticamente correcto. Cuando nos reunimos, lo
tomamos a chufla. ¿Cuántos hombres hay en los
movimientos por la igualdad? Es esencial que se
involucren para que los agresores noten el
rechazo entre los suyos. Los hombres deben
sentirse parte del problema", afirma.
Sin embargo, en contra de este razonamiento,
Montero percibe que "hay algunos hombres,
normales y corrientes, que dicen que el sistema
está favoreciendo la violencia, porque las
iniciativas de igualdad están soliviantando a
los hombres", lamenta.
De nuevo, ellos no son los culpables, cuando
quizá lo es toda la sociedad. Desde 2002, la
psicóloga Mar Rodríguez Villaver trabaja en la
cárcel de Pereiro de Aguiar (Ourense) en los
programas de reinserción de maltratadores. Se
trata de cursos voluntarios que duran un año.
"No es mucho lo que podemos hacer en ese tiempo.
Hay que tener en cuenta que son personas que
provienen, por lo general, de un entorno que no
fue adecuado para su socialización. Un
maltratador no surge de un día para otro. Dicen
que el maltrato se da en todas las clases
sociales, pero la experiencia aquí revela que es
muy acusado entre las clases desfavorecidas
económicamente. Además, cuando están en la
cárcel es que la escalada de maltrato ha llegado
a las cotas más altas, es decir, que arrancó
hace muchos años".
Pero esta psicóloga abre camino al optimismo:
"Encontramos diferencias entre los que pasan por
el curso y los que no. Los primeros aprenden a
cuestionar su comportamiento, lo que ya es
mucho, porque, en un principio, son todo
excusas, justificaciones. Los que no se apuntan
al curso salen incluso peor, enfadados por haber
estado allí encerrados de forma injusta, con más
rabia hacia su mujer, a la que culpan de haber
estado en la cárcel".
Si esto es así, ¿por qué no son obligatorios
estos cursos? "La anterior ley penitenciaria
decía que el tratamiento en la cárcel no era
obligatorio, pero en 1996 se eliminó esa
referencia y se especificó que todo interno
tiene el deber de colaborar en programas
formativos", explica José Luis Díez Ripollés,
catedrático de Derecho Penal y director del
Instituto Andaluz de Criminología. Pero el
reglamento permite al interno rechazar cualquier
estudio sobre su personalidad. "Hay dos razones
para ello. En principio, no se puede obligar a
nadie a ser tratado, por respeto a sus derechos,
pero es que, por una cuestión de eficacia, de
poco serviría que alguien esté en un curso en el
que no quiere estar", aclara. "El Estado
simplemente puede ofrecer esa posibilidad",
añade.
En todo caso, los profesionales se emplean en
la motivación para conseguir que los reclusos
participen en estos programas. Pero los
psicólogos no tienen fácil hacer una propuesta
que no puedan rechazar. "Si no hacen el curso no
tendrán ventajas penitenciarias, y si lo hacen,
tampoco. Si no hacen el programa, la evaluación
será negativa, pero si lo hacen no tiene por qué
ser positiva". A pesar de todo les convencen
porque les explican que la ventaja es en su
"beneficio personal". Mar Rodríguez Villaver
tiene un grupo de unos 12 y sólo tres o cuatro
lo rechazaron. Son los que niegan totalmente el
delito.
Cuando el recluso sale a la calle, los
psicólogos pierden su contacto y el año de
resocialización se da por concluido. "Sería
deseable un seguimiento. Lo único que yo sé es
que los que pasaron por aquí no han vuelto a
entrar...". Pero nadie puede asegurar que no
estén en otra cárcel o que no estén maltratando
a otra víctima.
Ése es el peligro. Muchos maltratadores son
jóvenes y eso les puede convertir en
coleccionistas de víctimas. "Lo suyo sería
tratarlos en las primeras fases. No pocos
estarían dispuestos a someterse a programas de
prevención cuando se detecten esas conductas",
asegura Martínez Villaver. Pero no siempre es
fácil detectarlas. "Para las víctimas es difícil
discernir a veces. Uno de los efectos en ellas
es la falta de iniciativa para tomar decisiones,
están paralizadas. Son dependientes
emocionales".
Lo que sí tienen es la posibilidad de seguir
cursos de rehabilitación en la calle, que
también existen. Algunos jueces conmutan la pena
de cárcel a condición de que los agresores
machistas pasen uno de estos cursos. Pero no hay
en todos los sitios. Uno de los últimos crímenes
ocurrió en Valencia cuando el agresor andaba
suelto y, en lugar de estar en un programa
formativo, como prescribió su sentencia, se
dedicaba a buscar una pistola. Con ella mató a
su ex pareja. Nadie vigiló si estaba asistiendo
a estos cursos.
Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología
Clínica de la Universidad del País Vasco, es uno
de los grandes defensores de la reinserción,
algo en lo que no coinciden algunas asociaciones
feministas. "Al maltratador hay que darle una
salida. Ejercer violencia contra la pareja es
uno de los mayores indicadores de que se volverá
a hacer. Más incluso que el haberlo vivido en la
infancia. Eso de 'nunca más se va a repetir' no
es cierto", afirma Echeburúa. Y sabe que cuando
se abre una grieta, cada vez se hace más grande.
Por tanto, sostiene que hay que poner el acento
en la víctima y dar una salida al agresor,
"especialmente a los que han cometido delitos
menos graves, cuando estén próximos a la
excarcelación".
Las listas públicas de maltratadores que en
algún momento estuvieron en el huracán de la
polémica no son la solución, a juicio de
Echeburúa. "Estigmatizar no vale. También hay
hijos por medio". Aunque algunos han aprendido a
decir basta. "Hay que señalar a los agresores",
dice Raquel Orantes. Ese señor del que ha
rechazado hasta el apellido era su padre, pero
fue el asesino de su madre.
Echeburúa dice que entre los agresores que
aceptan un tratamiento rehabilitador hay un 60%
de éxito, es decir, que desaparece por completo
la violencia física y en muchos también la
psíquica. "Hacemos un seguimiento de un año. Las
víctimas nos dicen que todo ha mejorado, que no
hay coacciones, amenazas ni acosos". Pero
también sabe que "muchos se despiden a la
francesa antes de acabar la terapia".
La presidenta de la Asociación de Mujeres
Juristas Themis, Altamira González, considera
que los esfuerzos por la reinserción no son
incompatibles con el rechazo absoluto que han de
sentir los maltratadores. "Creo que día a día
encuentran mayor desprecio social", dice, y
constata que cada vez más los hombres que
asesinan a sus parejas tienden a acabar con su
propia vida. También se ha acabado para ellos el
objeto de control, la mujer sumisa que tenían,
su causa, y entonces ya no tiene sentido
su vida. "Ellos son tan dependientes de sus
víctimas, como ellas de ellos tras años de
maltrato psíquico", argumenta Mar Martínez
Villaver.
-Si no te gustaba nada de ella, si todo lo
hacía mal, ¿por qué seguías con la relación? -le
preguntó un día a un condenado.
No supo responder.