"¡Papá, ayúdame! Que venga alguien, que venga mi hermana
Miguela, que alguien me salve". Eran los gritos de
desesperación de Dolores Ortiz Gorreta, la chica de 19 años
que ha vivido un calvario de seis semanas secuestrada en una
caseta de un transformador de electricidad, cerca del
cementerio de Centelles, a 56 kilómetros de Barcelona.
Los
Mossos d'Esquadra la liberaron de su penoso cautiverio el
pasado día 4, pero ayer era más que evidente el sufrimiento
físico que ha pasado: la cabeza rapada, hematomas por la
cara y todo el cuerpo y heridas de arma blanca que aún
supuraban. Con todo, fue dada de alta en el hospital de
Manresa y a la salida explicó su drama.
El móvil del secuestro, dijo, no ha sido otro que
rechazar la relación con Pascual Esquirol, de 20 años, uno
de sus secuestradores y hermano del que había sido su novio
durante unas semanas. Ambos pertenecen a la familia gitana
de los Esquirol y al clan de los Gorreta.
En este tiempo, explica que ha recibido toda clase de
golpes y que apenas le daban de comer. Incluso ha
permanecido atada de manos y piernas, con una cadena de las
empleadas para sujetar a los perros. "Me pegaban con la
correa, con palos, me daban puñetazos y guantazos", relató
la chica. Pero el peor trato se lo dispensó Pascual
Esquirol, que le clavó una navaja por todo el cuerpo y la
violó en diversas ocasiones, según ha declarado a la policía
autonómica. Era el final de una relación turbia, que de no
haber sido por una denuncia anónima tenía el perfil de un
final trágico.
La relación se inició el pasado 29 de abril, pero duró
muy poco. Juan Esquirol, de 25 años, con un amplio
expediente policial, había abandonado la prisión después de
año y medio de internamiento (una prima de la víctima ya
tuvo una relación con Juan, le denunció y por ese motivo el
hombre permaneció entre rejas), y le propuso mantener la
relación sentimental con su hermano Pascual a la que
inicialmente ella accedió.
Pocas semanas después, empezó a pegarle. Ella decidió
romper y entonces él quiso forzar una relación con Pascual,
su hermano. "Pero yo no le quería", asegura la mujer, que es
madre de un niño de un año de una relación anterior.
El calvario se inició el pasado 23 de mayo, cuando
recibió "las primeras palizas" en la casa del clan familiar.
Después la ataron y la dejaron con vigilancia permanente en
la caseta, donde también dormían algunos de los miembros del
clan, que se alternaban en la observación. Así, la golpearon
en la cara para dejarle marcas, le cortaron su larga melena
rizada, para castigarla, y se lo acabaron rasurando el 1 de
julio, al intentar escaparse.
Juan tenía cierto dominio del grupo y enviaba a Jésica,
otra de las detenidas y su actual pareja, para que le
pegara. Las agresiones coincidían con la ingesta de alcohol.
"A mí sólo me daban algo de comer de vez en cuando y agua".
.
Ahora se siente "amenazada" porque le han jurado que
harían daño a su hija. Está convencida que si el pasado día
4 los Mossos no llegan a entrar en la caseta abandonada, no
estaría con vida. "Había un agujero en el centro y me lo
enseñaban, me decían que me querían meter allí dentro". La
liberación se produjo después de que los Mossos d'Esquadra
fuesen alertados por una llamada anónima. Los agentes
encontraron a la mujer cubierta con una manta y detuvieron a
un total de cinco personas, tres hombres de entre 18 y 25
años, otra joven de 19 y una mujer de 49.
El Juzgado de Instrucción número 1 de Vic acabó ayer de
tomar declaración a los cinco arrestados y hoy resolverá
sobre su situación. La policía autonómica les acusa a todos
ellos de detención ilegal, lesiones, omisión del deber de
socorro, trato degradante, amenazas y coacciones
A Pascual Esquirol se le imputa, además, un delito de
agresión sexual. Algunos de ellos tenían antecedentes por
delitos menores y eran muy conocidos en la zona.