Toda España le conoce como el profesor Neira. Estuvo al
borde de la muerte por defender a una mujer de la agresión
de su pareja. En el hospital, convertido en un símbolo
contra la violencia de género, habla por primera vez en
profundidad de lo ocurrido.
Cada tarde, a eso de las seis,
Jesús Neira pide que le lleven al vestíbulo del hospital. Al
llegar, Isabel Cepeda, su mujer, o cualquiera de sus amigos,
aparcan su silla de ruedas en la barandilla. Entonces él
mira hacia la puerta, se fija en la acera de la calle y
sueña con el día en que saldrá. "Cuando cruce esa línea
besaré el suelo, como si fuera el Papa", asegura envuelto en
el resplandor blanco que ilumina la entrada del nuevo Puerta
de Hierro.
No es para menos. Este profesor universitario, que ha
enseñado desde hace años Teoría del Estado, es consciente de
que ha vuelto a nacer. Un buen día de verano, a Neira se le
paró el reloj. Su gesto heroico y rebelde casi le cuesta la
vida. Paseaba el profesor Neira con su hijo Alejandro por
Majadahonda el pasado 2 de agosto de 2008 cuando se topó con
Antonio Puerta -ahora, en prisión preventiva- que agredía
salvajemente a su pareja, Violeta Santander.
Neira le llamó la atención:
-¡Déjala en paz! ¡Eso no es propio de un hombre! -le echó
en cara.
-¡Métete en tus asuntos! -respondió el agresor.
Su desafío le preocupó. No quería que su hijo Alejandro
viviera una situación demasiado tensa para sus 13 años.
Cuando se dio la vuelta y entró en un hotel, no tuvo tiempo
para reaccionar ante la avalancha de bestialidad que le cayó
encima. Un golpe violentísimo y a traición le tumbó en el
suelo, donde Puerta siguió golpeándole con saña hasta que el
propio Alejandro le frenó.
De haber seguido dándole puñetazos y patadas, le habría
matado allí mismo. Pero algo, quizá un destello de
racionalidad o, mejor, el simple hecho de haber saciado su
instinto animal, le detuvo. Neira se repuso de aquello y se
fue al hospital, donde comenzó otro calvario: el de las
negligencias médicas. Casi no recuerda nada de aquellos días
que pasó entre el limbo y la indignación, comenta su amigo
Javier Esteban, autor del libro Diario de Jesús Neira. El
hombre que dijo basta (Temas de Hoy).
Le mandaron a casa una, dos y tres veces convenciéndole
de que no tenía nada, cuando la realidad fue que un derrame
invadía poco a poco su cerebro. Hasta que una mañana, en su
propio domicilio, cayó en redondo, y su mujer llamó
rápidamente al Suma 112, que a duras penas le salvó. La
causa abierta por los fallos médicos está en los tribunales,
al tiempo que Neira se ha convertido en todo un símbolo, muy
apreciado por cualquier político con ganas de llevárselo al
huerto sea del color que sea. Una imagen al lado de este
hombre lava hoy muchas miserias. Esperanza Aguirre,
presidenta de la Comunidad de Madrid, lo sabe y ya le ha
ofrecido un cargo para cuando se reponga: dirigir un
observatorio regional de la violencia de género.
Pero eso tendrá que esperar un tiempo. El que dure su
recuperación, en la que está metido a conciencia. Ha
empezado a andar sobre una cinta, sujetado por arneses.
Lentamente. Cada día hace unos 400 metros en 20 minutos.
Termina agotado, pero ese camino a ninguna parte en el
gimnasio le acerca cada vez más a su sueño: cruzar aquella
puerta. Liberarse de esa prisión que durante siete meses ha
sido su propio cuerpo inerte, la armadura de un caballero en
los huesos que ha tenido que volver a aprender a hablar, a
andar, a comer, a recuperar la memoria. A entender...
No le ha costado tanto reencontrarse con la vida. Se
alegra y, dice, ha aprendido muchas cosas. En la penumbra de
su habitación comparte con quien le visita esas aspiraciones
que se le presentan cada día más a mano: tomarse un café y
leer el periódico en una barra mientras moja un cruasán;
volver a la universidad, probablemente a la Complutense,
donde perdió su plaza en 2003, y, ya puestos, sentir la
brisa del mar: "En el Caribe, por ejemplo. Quiero hacer un
crucero en el que el único esfuerzo que me plantee sea
pedirle al camarero otro daiquiri", comenta, relamiéndose,
entre risas.
Mientras sube a bordo, no quiere saber nada del circo
mediático en que se ha convertido su caso. Prefiere
consolarse contemplando la imagen del buque escuela Juan
Sebastián Elcano que tiene colgada en la pared. Es el
símbolo para los anhelos de un grumete atracado en tierra.
Un hombre que, sin querer y, por el momento, sin ser
consciente de las dimensiones que ha cobrado su gesto,
también cuelga frente a su cama los dibujos que le envían
niños de toda España con palabras de ánimo. "Gracias por
ayudar a una mujer que sufría", le pone Fátima Camacho, de
Gelves. Tan sencillo como necesario. Pero algo a lo que
muchos no están dispuestos todavía. Al menos, Neira, con su
audacia nos ha obligado a preguntarnos a nosotros mismos:
¿Seríamos capaces de reaccionar igual?
Lo ha repetido usted con claridad. Que lo volvería a
hacer una y mil veces. Pero sea sincero, ¿en todo este
calvario no ha tenido un momento de debilidad? ¿Eso que
lleva a muchos a preguntarse por qué me metería donde no me
llaman?
No, porque es algo que va en mi educación y mi
formación. Cada cual es como es. Y eso hace que un suceso se
pueda repetir varias veces y reacciones igual.
Pero incluso viéndolo con distancia, las reacciones
que ha tenido todo el mundo... No sé si es consciente de lo
que se dice de usted en la calle. Le han alzado a los
altares, aunque la mujer sostiene que la agresión no fue tan
brutal.
Algo he oído de eso, sí.
Aun así, insisto, ¿volvería a hacerlo?
Sí, que sí. Porque le digo. Si uno es quien es, sus
actos le responden, y en eso nada cambia.
Sus amigos le dicen que del hospital saldrá "echándole
huevos". Pero, en realidad, tiene gracia que se lo digan a
usted, cuando realmente ésa fue la razón por la que entró.
Por echarle arrestos a la cosa.
Bueno, la verdad es que entré por una mala fortuna.
Lo que nunca pude pensar fue que recibiera un golpe por
detrás. Eso es lo que me dejó KO. Fue un error por mi parte.
¿Un exceso de confianza?
Tal y como estaba la cosa no había lugar, no tenía
sentido, hay que tener muy mala fe para ciertas cosas. Yo no
era el objeto de su ira. Ves a un señor que golpea a una
mujer salvajemente, fuera de sí... Si le haces caer en que
está cometiendo una barbaridad, lo que menos esperas es que
se vaya a volver contra ti. Fue un error, entré en el hotel
sin darme cuenta de que venía él. Porque si llego a tener un
ojo puesto, o llego a oír que viene, no me hubiese pasado
nada, simplemente porque al ser yo más grande, más
corpulento, con poner un brazo lo hubiera detenido.
Por eso su agresor también pensaría que era la única
forma de hacerle daño, sin avisar. Por la espalda.
Sí, fue a darme por la espalda. Es un hecho. Hay una
prueba. Está grabado y se ve perfectamente.
¿Ha visto esa grabación, entonces? No habrá sido
agradable.
No, no es agradable. Además, quieres olvidar todo. Es
mala suerte. Te topas con una cucaracha y quieres olvidarlo.
Cucarachas hay en la vida y las habrá siempre. Pero bueno...
¿Qué le pasa a esta gente? ¿Por qué cree que reaccionan
así?
La sociedad ha evolucionado hacia el egoísmo. En este
aspecto es diferente a la que conocí de niño. Tenía otro
tipo de problemas, y la violencia siempre ha existido,
cierto, pero hoy es tremendo ver que un chico en Sevilla
discute con una chica y su reacción es matarla. ¿Hasta dónde
llega un estado mental, psíquico, de la sociedad? Pues a que
no se te pueda quitar la razón en nada. Hemos llegado a una
bestialidad. Me preocupa mucho la educación que se les da a
los hijos. En las películas que vemos en televisión, la
gente coge unos cabreos tremendos por cosas estúpidas y
rompe algo. Con un golpe, una patada. Estamos en ese tipo de
sociedad. Es el reflejo de que algo pasa, de que no se nos
puede contrariar. El hombre de hoy está dirigido al éxito.
No tiene dureza para enfrentarse a la realidad. No está
maduro y responde con violencia a cualquier cosa por
estúpida que sea. Está absolutamente infantilizado. La
adversidad es una escuela necesaria porque nunca puedes
conseguir todo.
El comportamiento de la mujer a la que defendió es,
confiesa usted en el libro que ha escrito su amigo Javier
Esteban, propio de una víctima. Prisionera del miedo.
Bueno, no me gusta hablar de esta chica. No conozco
sus motivaciones, sus posiciones. Tampoco me interesan. No
me dice nada. Yo creo que es una víctima singular al abrazar
ciertas cosas. Todo esto me recuerda a La Boétie, que
escribió el libro La servidumbre voluntaria. Dice que
no hay cosa más refractaria que la servidumbre cuando es
querida, voluntaria. Cuando es obligada, se comprende. Lo
que llama la atención es lo otro, sea en un pueblo o en una
persona.
¿Por la televisión ha ido usted descubriendo que su
caso se ha convertido en un símbolo y un circo a la vez?
A mí lo único que me llega son reacciones de la gente
cuando salgo por los pasillos del hospital. Me saludan
personas que no conozco y que son mayoritariamente mujeres o
miembros de asociaciones de mujeres maltratadas.
¿Le incomoda o le halaga?
No, ni me incomoda, ni me halaga. Me impresiona. Me
impresiona porque hay mucho dolor detrás. Y se observan
muchos padecimientos. Es algo duro.
¿Es usted mucho más sensible ante este problema de lo
que lo era antes?
No piensas estas cosas. Cuando reaccioné así no me
puse a pensar en si era sensible o no a esos asuntos.
Usted ha enseñado toda la vida una asignatura llamada
Teoría del Estado y ahora está experimentando todo un manual
de práctica del Estado. Los políticos se lo rifan y
Esperanza Aguirre le ha ofrecido un cargo relacionado con la
violencia de género. ¿Lo va a aceptar?
Si todos los grupos de la Asamblea de Madrid se ponen
de acuerdo, lo aceptaré encantado. Lo aceptaré, porque
aunque no sé si soy la persona idónea o si puedo hacer un
buen papel, lo intentaré, al menos lo que esté en mi mano.
Son situaciones tremendas. Tengo una colección brutal de
cartas llegadas de toda España. Es gente que sufre.
¿No le da miedo meterse en política? Usted se ha
convertido en un símbolo contra la violencia de género. Pero
también puede convertirse en otro sobre las negligencias
médicas. ¿No le pueden haber tendido una trampa con el
ofrecimiento?
No, no lo creo en absoluto. Son dos cosas aisladas.
Una la llevan mis abogados, la otra no tiene nada que ver.
¿Está dispuesto entonces a llegar hasta el final en su
proceso contra quienes le atendieron mal en la Sanidad de
Madrid?
Sí, claro. Está en los tribunales. Siguen procesados
los responsables.
¿A qué cree que se debieron sus problemas con los
médicos?
Sinceramente, no lo sé. No lo entiendo. Más cuando se
hubiese podido evitar todo. Simplemente por el tiempo
transcurrido. No lo entiendo porque, además, fueron tres
ocasiones distintas. Eso no quita para que actualmente el
trato que recibo en el hospital sea excelente y les esté
profundamente agradecido por lo que están haciendo.
La Sanidad madrileña vive tiempos duros. Y que una
persona como usted tome esa bandera no hay político que lo
resista, si se decide a seguir en esa batalla.
Cuando Aguirre me ha ofrecido el cargo supongo que es
consciente de que no tiene nada que ver una cosa con la
otra. Es más, no hemos ni mencionado lo que está en los
tribunales.
¿Ya sabe lo que va hacer cuando tome posesión de su
cargo?
Se pueden ir dando ideas sobre leyes que están en
proceso de elaboración. Pero la raíz del problema es
educativa. Eso es elemental, y en esa línea se pueden
empezar a hacer cosas que reconozcan la dimensión real de la
mujer en nuestra sociedad. Ellas juegan con factores en
contra. A veces, la cercanía entre niños y niñas no se
asimila bien. Muchas veces los niños tratan a las niñas como
si fuesen un amiguito más, yyo creo que no es eso. Un niño
debe aprender que es necesario tratarlas con deferencia. La
diferencia está en la deferencia. Y además, que la
deferencia es compatible con ser mujer, que no merma el
hecho de que sea igual. Una mujer no debe esperar que se la
trate igual, algo que en una sociedad como la nuestra debe
darse por hecho y que es obvio en ciertas capas sociales. Lo
que distingue el trato, insisto, es la deferencia.
¿Pero no es eso discriminación positiva?
No, no. Al niño hay que acostumbrarlo a que trate con
deferencia algo que le atrae y que va a ser fundamental en
su vida. Eso va a cortocircuitar posibles derivaciones que
conduzcan a la violencia o al trato vejatorio.
Es decir, esa deferencia, cree usted, favorecerá la
igualdad, precisamente porque venimos de un lugar peor, como
puede ser la indiferencia.
Algunos comportamientos entre niños y niñas responden
más a la ligereza que a la igualdad. Un niño que se
sobrepasa con una niña no hace lo mismo con un compañero
suyo. Esas cosas, que para mí son el valor de la deferencia,
hay que cuidarlas desde pequeñitos.
Esa deferencia tampoco supone una ultraprotección, ¿o
sí? Sería infantilizarlo todo.
Veámoslo como queramos. La deferencia también puede
ser un trato educado. Y el respeto a la libertad del otro.
Porque si uno no reconoce en el otro la misma condición, si
no se reconoce a un ser humano libre e independiente,
estamos ante un problema gravísimo en el que se ha roto el
hilo finísimo de la humanidad. No se ve en el otro a uno
mismo, sino a un objeto. No vemos a una persona sin
libertad, porque ha quedado reducido a algo que no es
humano, y por tanto, a un objeto de maltrato. Nadie que
reconozca en otro a un ser humano se va a atrever a atentar
contra él. Y no por pautas impuestas por el exterior, sino
motu proprio, que es el mecanismo más sólido.
¿El mismo 'motu proprio' que le llevó a usted a hacer
lo que hizo no una, sino dos veces? Porque usted ya defendió
en una ocasión anterior a otra mujer...
Sí, pero yo creo que, en mi lugar, cualquier hombre
habría hecho lo mismo. Al menos quiero pensar eso, que
cualquier persona lo habría hecho.
¿Qué pasó aquella otra vez?
Que iba por una carretera y, en mitad de la lluvia,
vi a una pareja discutiendo en un coche. El hombre estaba
golpeando la cabeza de la mujer contra la ventanilla. Me
bajé y le dije que eso no se hacía. Al tiempo pensé: "Elegí
mal día para tocar una ventanilla". Había que ver la pinta
del tío, engominado y con una cadena de oro al cuello.
Un macarra, vamos.
Exactamente. Quiso pegarme, pero como estaba de
frente, pude defenderme. La diferencia con lo que ha pasado
ahora es que una cucaracha me vino por detrás. Pero en
aquella primera ocasión luego llegaron otros que le
proporcionaron al agresor una monumental paliza. Yo no
participé porque a mí no me gustan esas fiestas, pero quiero
decir que la gente, ante estas cosas, reacciona. Es
conveniente tenerlo en cuenta, porque si no, nos haríamos
una fotografía en blanco y negro de la sociedad, con pocos
puntos de luz.
¿Así que cree que hay mucha gente dispuesta a
reaccionar como usted hizo?
Yo creo que sí. Creo que además lo harían por
principios, por educación, por forma de ser.
¿Tiene confianza en el género? ¿No es usted pesimista?
Yo soy realista y tiendo al pesimismo, pero en este
caso, no.
¿En qué ha cambiado estos meses? ¿Tiene curiosidad por
saber cómo se enfrentará a la vida cuando salga?
He cambiado, claro que he cambiado. En una larga
experiencia dura y terrible como ésta no es que cambies por
voluntad, sino porque valoras otras cosas. Yo antes no me
detenía a pensar qué don maravilloso es ése de estar de pie,
y ahora valoro eso de una forma tremenda. Ahora valoro las
pequeñas cosas que quizá antes no valoraba. Mi humanidad se
ha engrandecido. No ha sido un tiempo baldío el que estoy
pasando aquí. Es duro decir esto, pero es que yo creo que en
la escuela de la adversidad se aprende mucho. Cuando ves el
sufrimiento de los demás y las cosas que puede hacer la
fortuna, cuando te das cuenta de lo difícil que es recuperar
un miembro, te preguntas con qué alegría perdemos este tipo
de cosas. Un hospital te ofrece un ejemplo diario del
sufrimiento.
Sueña con la utopía de las cosas pequeñas, entonces.
Se lo digo aunque parezca una ironía sutil. Tengo
complejo de mono. Miro y observo cómo camina la gente. Lo
que te parece mentira para ti, lo proyectas en otra gente.
¿Cómo este hombre con esa estatura y ese peso conseguirá
pisar con tal cadencia, con ritmo? Yo debo pertenecer a una
especie animal más primitiva que aún no ha conseguido eso.
Cosas así. Lo pequeño se convierte en tremendo. Cosas en las
que nadie recae. Caminar se presupone. Sí. Hasta que te
falta. ¡Caminar, esa cosa tan simple y tan maravillosa!
Pero también la experiencia le ha enseñado aspectos
grandes, como la reacción de su hijo Alejandro. De no haber
intervenido, puede que ahora no estuviera usted con vida.
¿Se lo ha agradecido y han hablado de esto? ¿Qué le dijo?
Sí, efectivamente. Me ha hecho sentir un gran
orgullo, una gran alegría y también pena por el hecho de que
se viera envuelto en algo así. Un chiquillo con esos años no
debería ver esas cosas. Fue una casualidad, pero si no, me
habrían matado, indudablemente. Es evidente. Su intervención
salvó mi vida.
¿Y cómo se lo tomó el chico?
Bueno, el chaval es tímido, pero yo se lo dije
frontalmente. Con mis hijos practico una enseñanza de la
verdad. Para mí tiene mucha importancia. Le di las gracias y
le regalé no sé qué. ¿Qué le regalé, Isabel? ¿Una PSP? Le
regalé una PSP. Suena a aquel viejo partido... (un partido
en el que Neira militó junto a Tierno Galván).
¿Y él qué le dijo?
Pues me dio las gracias él. Fíjate, me dio las
gracias. Ha sido muy duro para todos ellos, para los tres
(Neira tiene dos hijos más, Daniel, gemelo de Alejandro, y
Laura, la mayor), porque yo me sentí muy mal y en un momento
tuve que decirles que podía morirme. Lo entendieron, yo creo
que lo entendieron, pero el sufrimiento para una criatura...
En el libro también comenta usted que ha experimentado
una transformación espiritual.
Pasó algo mientras estaba en el hospital que soy
partidario de comentar. Tal y como estaban mis pulmones, me
encontraba clínicamente muerto. Ocurrió algo que me salvó,
en contra de todo pronóstico, en contra de la realidad
física. Pasó así. Yo me di cuenta de que estaba en una
situación fatal y fui tan consciente que se lo dije a mis
hijos. Las pruebas eran contundentes y, en contra de todo,
me salvé.
¿Y no encuentra una explicación razonable? ¿Cree que
es un hecho milagroso?
Sí, sí. Lo lógico es que estuviese muerto.
¿Antes de entrar aquí creía en los milagros?
No, bueno, los milagros hoy son difíciles. Pero yo no
le encuentro una explicación lógica a lo que me ocurrió.
De todas formas, después de esa serie de fallos sin
explicación, uno más tampoco es raro.
A lo mejor. Pero hasta los médicos están asombrados,
y son médicos de gran formación, con gran experiencia
detrás.
Las ganas de vivir también ayudan.
Desde luego, naturalmente que he querido vivir y he
batallado mucho aquí, porque recuperarme ha requerido mucha
voluntad por mi parte. Me he empeñado en vivir. La victoria
empieza por uno mismo. Como aquello de Nietzsche: "Lo que no
me mata me hace más fuerte". La voluntad y el ánimo
contribuyen mucho.
¿Siempre ha sido usted una persona creyente?
Sí, creyente, sí. Católico, pero lo normal. Ahora me
he dado cuenta de que algo ha pasado en mi vida, algo que
nadie me puede explicar.
Otro de esos milagros que se ha producido esta
temporada es esa visita que le hizo Carlos Berzosa, rector
de la Complutense. Para reparar lo que muchos han
considerado una injusticia: que le quitaran su plaza de
profesor universitario. ¿Quiere volver?
Sí. Porque allí he dado clase 20 años, hasta 2003.
¿Considera que se ensañaron con usted?
Una cosa es la injusticia y otra es vivirla en carne
propia. Yo, en la Universidad, he conocido monstruos, gente
absolutamente inhumana, en la cola de la humanidad,
insensibles al dolor.
¿Para qué volver allí entonces?
Porque es mi vocación. Porque me gusta enseñar y
siempre me he preparado para dar clase. Me cortaron el
cuello en la época de Rafael Puyol. Pagué mi independencia.
Estaba a la intemperie. Yo he sido independiente incluso
ante los míos. Jamás pedí nada, ni estuve en ningún
chanchullo. La libertad nos hace libres, pero también pobres
y desdichados. Con la independencia pasa lo mismo: el
bolsillo se achica y la adversidad se agranda.
¿A eso se debió lo suyo? ¿O había algo más?
Ya me gustaría a mí saberlo. Yo les pedía horas de
docencia, entre otras cosas porque un profesor titular
interino tiene la obligación de dar clase, y yo me pasé seis
años sin dar una sola. No sé por qué. Ahora le agradezco a
Berzosa el gesto que ha tenido.