Ayer unas imágenes brutales ilustraban la sección de
Cataluña en este periódico. Sobre el fondo de los
soportales de la Boqueria, se distinguen claramente dos
parejas practicando sexo, cada una bajo un arco. En el más
cercano al espectador, un hombre erguido realiza una
penetración anal a una mujer que se dobla sobre sí misma
para ofrecer mejor su trasero; los pantalones bajados de él
-el mínimo descenso para permitir la ejecución- dejan al
aire unas nalgas blanquísimas que contrastan con el color
chocolate de las de ella. En el arco más alejado, un hombre
-también blanco- se apoya con actitud pasiva en una de las
columnas, mientras una mujer -también como la otra, de piel
oscura-, de espaldas al espectador, sostiene en alto la
camiseta de él para que no estorbe la más que probable
felación que está a punto de hacerle. No es preciso que
ningún pie de foto aclare que se trata de prostitución en la
vía pública; resulta obvio.
Las imágenes hieren a quienes
las soportan a diario en vivo y en directo y a quienes las
ven impresas en el periódico. Es vergonzoso, dicen las bocas
de esas miradas. Y yo me pregunto qué están calificando de
vergüenza: ¿ese acto sexual realizado en la calle o la
violencia que representa que un hombre abuse de la situación
de vulnerabilidad de una mujer? Me temo que una gran mayoría
de personas sienten repugnancia porque consideran que el
sexo debe practicarse en la intimidad -razonamiento que
comparto-, pero dejarían de sentirse afectadas si ese mismo
acto se desarrollara tras unas paredes. Y, sin embargo, la
violencia contra esa mujer -esas mujeres- se seguiría
perpetrando.
Preguntados los comerciantes de la zona acerca del
fenómeno creciente dicen que "hay muchas más putas que
nunca". No es difícil establecer, pues, una relación entre
la crisis económica que vivimos y la proliferación de
mujeres en situación de prostitución. Y, sin embargo, no es
ésta la única explicación, existen por lo menos dos más.
Por un lado, las mafias llevan tiempo paseándose a su
gusto y operando con total impunidad no sólo por el Raval,
sino, pongamos, por las carreteras del Ampurdán. En las
carreteras, a veces, los proxenetas ocupan el lugar de sus
pupilas bajo el parasol y sestean en la sillita de plástico
a la espera de que ellas regresen con los 20 miserables
euros que han cobrado por un "completo". En la Rambla de
Barcelona, los macarras -15 a lo sumo, dicen quienes conocen
la zona- van arriba y abajo controlando a las chicas y
propinándoles alguna paliza si no cumplen como es debido.
Por otro lado, la clientela no deja de crecer. En los
años casposos de la posguerra, años de una represión sexual
intensa -especialmente para las mujeres-, ir de putas era
considerado un mal menor, que servía para aliviar la soledad
de hombres mayores y para dotar a los jóvenes con los
mínimos conocimientos indispensables. En las primeras
décadas de la democracia, ningún hombre joven habría
alardeado de frecuentar prostitutas, ya que se consideraba
propio de carcamales reaccionarios. Y, sin embargo, en las
primeras décadas del siglo XXI, los hombres jóvenes lo
consideran casi obligado.
Éstos son los datos: uno de cada cuatro españoles admite
haber pagado por sexo, aunque es probable que esta cifra
quede muy por debajo de la realidad. La edad de los puteros
-nada de llamarles "clientes"- ha bajado y la media se sitúa
en los 30 años, aunque hay chicos de 18 que ya han probado
esta forma de "diversión". Y, por último, no es fácil
obtener un perfil del usuario: se les encuentra en cualquier
profesión, en cualquier estado civil y en cualquier tramo de
edad, y la única característica que les hermana es su
incapacidad para establecer relaciones de igualdad con las
mujeres.
Lo más curioso de esta situación es que si las compañeras
de clase o de trabajo de esos puteros tienen una conducta
sexual libremente promiscua son tildadas por ellos de
"putas", tal vez con la intención de que se mantengan
vírgenes hasta el matrimonio. Una falacia machista, ¿no
creen?