Recientemente, un conocido periódico publicó un artículo que
defendía legalizar la prostitución basándose en el hecho de
que "la universalidad del negocio del sexo indica que se
trata de un fenómeno biológico y no cultural", lo que sería
como decir que, puesto que la opresión de las clases más
desfavorecidas se da en todas las sociedades, su raíz debe
de ser biológica.
Según el articulista, nuestros
antepasados más lujuriosos tuvieron más descendientes que
los castos, mientras que las mujeres, fueran lúbricas o no,
tenían más o menos el mismo número de criaturas. Lo cual es
una explicación veraz a medias ya que el número de
descendientes de los varones no dependía de su lujuria o
castidad, sino de la asimetría respecto a las mujeres:
muchos espermatozoos contra un solo óvulo. Dicho de otro
modo, en la naturaleza (y así era para la humanidad en el
pasado), puesto que la fecundidad masculina depende del
número de apareamientos, los machos luchan entre sí por el
acceso a las hembras. Ello favorece a los ejemplares más
fuertes y jóvenes, que son quienes tienen más descendencia,
y perjudica a más de la mitad de machos, que no dejan
sucesión alguna.
Así, gracias a este mecanismo, las hembras son fecundadas
por espermatozoos saludables, lo que fortalece la especie.
Esto sí es la selección natural darwiniana y no la que
infiere el articulista al escribir: "Al ser descendientes de
hombres extraordinariamente libidinosos (...), nuestro
código genético actual dice: el hombre es más promiscuo que
la mujer". Esa peregrina conclusión sería como decir que,
por sistema, los ojos azules paternos los hereda el hijo y
los verdes maternos, la hija. En realidad, según las leyes
de Mendel, se darían también varones virtuosos y mujeres
lujuriosas.
En su siguiente razonamiento, el articulista se pregunta
cómo se puede compaginar la conducta de esos varones tan
lascivos con la de esas castas mujeres, y explica: "Con unas
pocas mujeres practicando sexo a cambio de una compensación
económica. Nace, pues, la prostitución". Su respuesta es
francamente pasmosa: al principio afirmaba que se trataba de
un fenómeno biológico y, sin embargo, ahora admite que es el
resultado de una determinada estrategia social, es decir, un
fenómeno cultural.
Pero, por lo menos, hemos llegado a un punto de acuerdo:
los varones, que acumulaban poder y riqueza (eso se le ha
olvidado al articulista), determinaron que habría una mujer
para cada uno (obligadamente casta) y unas cuantas a
repartir entre todos. Las mujeres, sin autoridad ni fortuna,
poco pudieron objetar.
Por otro lado, y retomando el argumento biológico, si
sólo los varones fueran promiscuos, la infidelidad femenina
no existiría. Y sin embargo, estudios recientes confirman
hasta un 70% de mujeres con sexo extramatrimonial. Bien es
verdad que trabajos realizados en la década de 1950
arrojaban porcentajes mucho más bajos, pero esta diferencia
de resultados obedece a la intensa represión ejercida antaño
sobre las mujeres, por lo que o controlaban sus impulsos o
no hacían públicas sus digresiones sexuales.
Una vez más, pues, son las razones culturales las que
modulan la respuesta sexual de los individuos.
El articulista, por fin, invoca el nombre de san Agustín
y santo Tomás de Aquino, que justificaban la prostitución
como válvula de escape. Aunque parece ignorar que a esos
padres de la Iglesia las mujeres les parecían seres de
segunda. Decía san Agustín que a las mujeres había que
segregarlas, "ya que son causa de insidiosas e involuntarias
erecciones en los santos varones", y santo Tomás consideraba
a las mujeres "varones defectuosos". Así que ni uno ni otro
resultan un referente cabal en cuestiones de género.
Sólo hubiera faltado que el articulista hubiese tratado
de demostrar con argumentos seudoideológicos por qué la
mayoría de las prostitutas, además de ser mujeres, son
también pobres y de una etnia distinta a la de él.
Desde argumentos culturales es fácil entenderlo como una
explotación de sexo, clase y origen.