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Acertadamente se ha calificado al siglo XX como el Siglo de las Mujeres, y
efectivamente no puede ser entendido sin multitud de ellas que han
protagonizado este devenir histórico. De esta multitud, destacarían las
mujeres de principios de siglo que con un arrojo y valentía sin igual,
sobresalieron en la defensa y generalización de derechos y valores para
hombres y mujeres. Entre ellas destacamos a Clara Campoamor, y lo haremos
siendo fieles a sus propias palabras, haciéndolas resonar en este espacio
con la fuerza que ella les imprimía. Reivindicamos a la mujer republicana,
feminista y de izquierdas. Leemos en El voto femenino y yo, ensayo
de Clara Campoamor: «Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una
sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser
el único que ideológicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo; una
sola persona que, por estímulos de ética, de mínima reparación, clame y
confiese la verdad y proclame al menos que no fui la equivocada yo, sobre
quien se han acumulado las pasiones y la injusticia».
Respondiendo a ¿Quién es y de donde viene?, Nada mejor que su
presentación: «Yo no advine a la República ni el 14 ni el 16 de abril. Me he
formado en el clima paterno, de un hombre que batalló en las épocas
difíciles de Menéndez Pallarés, Castrovido y Pi y Arsuaga. Durante la
Monarquía ni tuve contactos ni acepté mercedes. Cuando en 1927 la Academia
de Jurisprudencia me brindó, como a don Enrique Moret, la Gran Cruz de
Alfonso XII -que varios republicanos, seguramente de los que no votaron a mi
favor, lucieron y arrumbaron cuidadosos después- como corolario al premio
extraordinario anual, rechacé la distinción. En la Dictadura ni acaté
órdenes injustas ni acepté conexiones: cuando el dictador dio al Ateneo una
Junta de real orden y en ella incluyó mi modesto nombre de ateneísta
constante desde 1916, rechacé el nombramiento, con la consecuencia indirecta
de tener que pedir la excedencia de mi cargo de Instrucción Pública
perdiendo cien puestos en el Escalafón, que no recobré después; y cuando el
Sr. Aunós, ministro de Trabajo de la Dictadura, quiso injertar en sus
Comités paritarios la modernidad de savia femenina, ofreciendo a tres
abogadas en Madrid, Victoria Kent, Matilde Huici y yo, tres flamantes
nombramientos de asesores en otros tantos organismos, yo, con Matilde Huici,
rehusé el fructífero honor, que otros sirvieron».
De la amplía actividad que desarrolla, destacaremos sus conferencias en
la Universidad de Madrid y en la Academia de Jurisprudencia; el prólogo de
Feminismo Socialista libro de la militante del PSOE, María Cambrils; la
fundación de una Agrupación Liberal Socialista; junto con otros miembros de
la Escuela Nueva, trabaja en el grupo que daría origen al partido de Azaña
(Acción Republicana) que abandona habiendo pertenecido a su Consejo
Nacional; tras la rebelión de Jaca (en la que centenares de republicanos se
encuentran encarcelados) Clara Campoamor asume la defensa de los procesados
en San Sebastián; por último funda y preside la Agrupación Unión Republicana
Femenina.
En 1930 un periódico le pregunta sobre sus ideas políticas y contesta:
«República, república siempre, la forma de gobierno más conforme con la
evolución natural de los pueblos».
En cuanto a su defensa del sufragio y los derechos de la mujer, su voz se
oiría con fuerza en el hemiciclo del Congreso para defender que no había ni
razón ni justicia capaz de negar tal derecho a la mujer y que era labor de
unas constituyentes progresistas el reconocerlo. No siendo posible negar con
argumentos, alguno de ellos escuchados con anterioridad en relación al
sufragio masculino, (cuando el derecho a voto había sido reservado solo para
los propietarios), este derecho innato a la propia naturaleza humana y su
realización dentro del estado.
Así leemos en El voto femenino y yo: «En la defensa de la realización
política de la mujer sustenté el criterio de ser su incorporación una de las
primeras necesidades del Régimen, que si aspiraba a variar la faz de España
no podría lograrlo sin destruir el divorcio ideológico que el desprecio del
hombre hacia la mujer, en cuanto no fueran íntimos esparcimientos o
necesidades caseras, imprimía a las relaciones de los sexos».
Finalizaremos con un párrafo del que significamos sus reflexiones, tanto
solidarias con su sexo como su conciencia de no ser ella merecedora por sí
sola de derechos, sino exigiéndolos para todas las mujeres: «Defendí en
Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer
que no puede traicionar a su sexo, si, como yo, se juzga capaz de actuación,
a virtud de un sentimiento sencillo y de una idea clara que rechazan por
igual: la hipótesis de constituir un ente excepcional, fenomenal; merecedor,
por excepción entre las otras, de inmiscuirse en funciones privativas del
varón, y el salvoconducto de la hetaira griega, a quien se perdonara cultura
e intervención a cambio de mezclar el comercio del sexo con el espíritu».
Su vida
Hija de un contable y una modista, nació en Madrid en 1888, en el popular
barrio de Maravillas, llamado hoy Malasaña. Perteneció a una familia
sencilla y humilde, de pensamiento liberal, cercano al progresismo. Los
recursos económicos procedían del trabajo de su padre en un periódico
madrileño, y de los de su madre y abuela materna.
Por la prematura muerte de su padre se vio obligada a interrumpir sus
estudios e inició su vida laboral a los trece años, ayudando a su madre como
modista. Después pasa a ser dependienta de comercio hasta 1909, año en el
que se presenta a unas oposiciones administrativas y obtiene una plaza en el
cuerpo auxiliar de Telégrafos, uno de los pocos a los que podía aspirar por
su condición de mujer. Así se convierte en funcionaria del cuerpo de Correos
y Telégrafos, ejerciendo en Zaragoza y San Sebastián.
En 1914, se presenta y obtiene una plaza en unas oposiciones para
profesora en las Escuelas de Adultos, pasando a ejercer en Madrid. A su
trabajo como educadora añade el de secretaria del diario "La Tribuna". La
estrechez económica que padeció en su infancia y juventud no fueron un
impedimento para que en 1924, con treinta y seis años, obtuviera una
licenciatura en Derecho en la Universidad de Madrid, habiendo pasado por
Oviedo y Murcia. En 1925 fue nombrada miembro del colegio de Abogados, fecha
en la que inició sus actividades políticas. Desde ese momento se manifiesta
como una luchadora infatigable por la igualdad de derechos.
Tras el golpe militar de 1936, se exilió en Francia, Buenos Aires y
posteriormente se radicó en Suiza, donde permaneció hasta su muerte en
Laussanne en 1972, ya que el régimen franquista nunca le permitió regresar a
España.
Sus ideas
En 1923 expone sus ideas sobre el feminismo, en un ciclo organizado por la
Juventud Universitaria Femenina, en la Universidad de Madrid. En 1925 ya
manifiesta en conferencias y escritos su preocupación por los derechos de la
mujer. En 1929 forma parte del Comité Organizador de la Agrupación Liberal
Socialista, pasando más tarde a pertenecer al grupo político Acción
Republicana, que posteriormente, se unirá al Partido Radical.
Junto a Margarita Nelken y Victoria Kent fueron las primeras mujeres en
obtener un escaño en el primer Parlamento republicano, en el año 1931,
elecciones a las que Clara Campoamor se presentó por el Partido Radical,
siendo elegida diputada por Madrid.
En este año, Victoria Kent se opuso al derecho electoral de las mujeres,
porque consideraba que éstas, influidas por la Iglesia, no votarían la
República. Esta postura recibió el apoyo de la derecha, y el rechazo de
Clara Campoamor, quien proclamaba el derecho al voto femenino,
independientemente, de que gustase o no su orientación. Así Clara Campoamor
y Victoria Kent, La Clara y La Yema, como se les apodó en la prensa de la
época se enzarzaron en un amplio debate . Clara Campoamor mantuvo el
principio teórico de la igualdad y llevó el peso de los debates casi en
solitario, con la oposición de su propio partido, el Radical, y de la mayor
parte de los republicanos. Eran muchos los que se oponían a la concesión del
voto femenino: los partidos de la derecha tradicionalista y católica y los
partidos republicanos desde posiciones utilitaristas. Al final el asunto se
resolvió con una apretada victoria de los partidarios del "voto femenino"
frente a los que se oponían, por lo que la Constitución, aprobada por las
Cortes republicanas, reconoció la plena igualdad jurídica y política de
hombres y mujeres y gracias a la influencia de Clara Campoamor el voto
femenino salió adelante. En la Constitución de 1931 el artículo que lo
reconocía quedó así: "Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años,
tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes" y las
españolas votaron en las Elecciones Generales de 1933, paradójicamente, el
año en que, tanto Clara Campoamor como Victoria Kent, perdieron su escaño.
En 1935, se separa del Partido Radical, quejándose del descuido y la
falta de apoyo que desde su partido se presta a los temas de la mujer. En
esa época, es nombrada Presidenta de la Organización Pro-Infancia Obrera,
para atender a las niñas y los niños asturianos. Al no encontrar ningún
grupo político que apoye abiertamente los derechos de la mujer, pretende,
sin éxito, organizar un partido político independiente y se le niega la
entrada en el Partido de Izquierda Republicana.
Considerada una de las "madres" del feminismo español, defendió la
igualdad de los derechos de la mujer, además del sufragio femenino y también
promovió la primera ley del divorcio.
Su actividad literaria la desarrolló en los diarios de la época: La
Tribuna, Nuevo Heraldo, El Sol y El Tiempo.
Entre sus obras destacan: El derecho de la mujer en España (1936), La
situación jurídica de la mujer española (1938), Mi pecado mortal, El voto
femenino y yo y La revolución española vista por una republicana. |
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cronología |
| 1888 |
Nace en Madrid |
| 1924 |
Licenciada en derecho |
| 1931 |
II República Española |
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Defiende el derecho de la mujer al
sufragio en el debate constitucional |
| 1933 |
Directora General de Beneficencia |
| 1939 |
Se exilia |
| 1972 |
Fallece en Lausanne (Suiza) |
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