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La muerte de Andrea Dworkin, escritora, activista, feminista de vanguardia,
luchadora de toda la vida para acabar contra la violencia hacia las mujeres,
se dio a conocer en todo el mundo el pasado 9 de abril en notas breves, sin
restar méritos a la reputación que se ganó desde que empezó a luchar contra
la pornografía y la prostitución. Admirada por unos y otras, y criticada
por la mayoría, la obra teórica y el trabajo de Andrea siempre estuvieron
rodeados de controversia. “Me creen una loca extremista, pero luchar contra
la pornografía más allá del plano teórico no ha sido fácil”, decía y añadía
con sarcasmo: “creen que lo hago porque me gusta y me excita… Pero si
quieren seguir creyendo que no es más que un tema de debate sobre la
libertad de expresión, en vez de una situación de emergencia y de acción,
quiero decirles que muchas mujeres morirán en el curso del debate porque
para las mujeres la libertad de expresión comienza por la defensa de la
integridad de su cuerpo”.
Sin ambages expuso el objetivo de su lucha: “destruir el poder patriarcal
en su fuente, la familia, y en su forma más horrorosa: el Estado nacional”
como régimen que perpetúa la supremacía masculina para, a través de la
violencia sexual, lograr la invasión, la colonización y la destrucción de
los cuerpos y los espíritus de las mujeres.
Sus obras Pornography: Men Possessing Women, Pornography and Civil Rights,
Mercy, Ice and Fire, Letters from a War Zone, Women Hating, Intercourse,
entre las más destacadas, enfrentaron grandes obstáculos para ser
publicadas, no obstante que se produjeron en Estados Unidos, “el país de
mentiras y perogrulladas que nos dice que podemos hablar de lo que
queramos”, ironizaba Dworkin.
Muchas de sus ideas fueron manipuladas y malinterpretadas. Se decía, por
ejemplo, que “sus libros reflejaban un antisexualismo”, lo cual es falso
según testimonian sus primeras novelas de ficción referidas lo mismo al amor
lésbico que al heterosexual (A simple story of a lesbian girlhood y First
Love). Se aseguraba también que proclamaba que “las mujeres son superiores a
los hombres” y que “toda cópula es una violación”, falsedades que se derivan
de una mala lectura de su libro Intercourse (1997), cuyo prefacio rescribió
a fin de aclarar su postura. Una y mil veces, aun ahora con motivo de su
muerte, se le tachó de practicar un “feminismo radical” que odia a los
hombres, lo cual negó siempre, pero aclarando: “lo que odio es la
subyugación de las mujeres”.
Sentencias suyas como “el matrimonio es una licencia legal para violar”
fueron descontextualizadas, ya que describía manifestaciones reales de la
violencia intrafamiliar, que hoy han sido plenamente asimiladas. Inclusive
se hizo de enemigas dentro del mismo feminismo que la acusaron de
“antiabortista”, cuando no hizo sino alertar sobre los términos y
condiciones en que se debía plantear el aborto para evitar que en la
legislación patriarcal y en la vida cotidiana se revirtiera contra las
mismas mujeres. Se llegó al extremo de hurgar en su vida privada para
exhibirla como atracción circense y acusarla de “antilesbiana porque vivía
con un hombre”, el escritor John Stoltenberg, homosexual con quien compartió
su vida desde 1974.
Pero sin duda su presencia en un terreno minado como es el de la
pornografía, le ganó las más grandes animadversiones, al extremo de recibir
amenazas de muerte: de un lado estaban los productores de pornografía, a
quienes, según dijo, “elegantemente se les llama ‘editores’, pero no son más
que unos padrotes porque venden la imagen de una mujer una y otra vez y para
siempre, a pesar de que ya hay cientos y cientos de imágenes”; de otro lado
estaban los defensores de la “regla de oro” en EU: la libertad de expresión;
y por otro, furiosas feministas que integraron la Feminist Anti-Censorship
Taskforce (FACT), encabezada nada menos que por Adrienne Rich y Betty
Friedan, a fin de oponerse a la legislación antipornográfica Dworkin-Mackinnon.
Las opositoras argumentaban que restringir la libertad de expresión
afectaría en forma desproporcionada a las mujeres, además de que hacía el
caldo gordo a Reagan, quien en 1986 buscaba a través de la Comisión Meese
legislar la pornografía para, escudado en que “es un estímulo para la
violencia sexual y la violación” contra las mujeres, imponer sus retrógados
“valores familiares”, atacando de paso la libertad sexual y desatando la
homofobia. A la artillería pesada de las feministas se sumaron “mujeres
pornografistas”, como Camille Paglia, quien desde las páginas de Playboy
pidió: “¡Acabemos ya con el feminismo enfermante, con su corte de enfermas
del estómago, anoréxicas, bulímicas, depresivas, víctimas de violación y
sobrevivientes de incestos!”, petición que completó con una apología de la
pornografía porque “permite que el cuerpo viva el absolutismo lujurioso de
la carne en forma desordenada”.
No era de extrañar, pues, que en cada presentación Andrea comenzara su
discurso convencida de que podía ser el último. Su cruzada contra la
pornografía hizo historia porque empezó a transformar la discusión sobre un
tema que moralinamente había manejado el ala conservadora y se empezó a
entender que “la pornografía no es un campo de entretenimiento libre de
víctimas”.
Dworkin recorrió el país de costa a costa, exponiendo de manera
fundamentada y rigurosa sus investigaciones históricas en torno al fenómeno
de la pornografía, la que concebía como un material de análisis fundamental
a la hora de presentar una teoría sexual de la desigualdad genérica.
“La pornografía –expuso– nació en los años 60, paradójicamente como un
producto de la contracultura , como un vehículo de liberación que iba en
contra de la ley y los adultos represivos, pero hoy es una industria
rentable, misógina y orientada a la producción y la exportación (… ) En la
pornografía las mujeres son penetradas por perros, caballos, anguilas,
objetos fálicos con púas, cuchillos, pistolas y vidrios, y la piel de las
mujeres negras es concebida como un genital femenino más que puede herirse.
El mensaje central es que no importa lo que hagan a una mujer y de cuántas
maneras la lastimen, a ella le va a gustar. No existe atrocidad histórica,
como los campos de concentración, Vietnam o el esclavismo, que no haya sido
usada por esos padrotes para crear sus guiones de violación, mutilación y
humillación, como si las víctimas sintieran placer sexual (…) ‘Es que es la
industria de la fantasía’, me argumentan, y yo digo: una asiática colgada de
un árbol es una mujer asiática real colgada de un árbol real. ¡Es un insulto
a la conciencia humana que esos actos de gente real se sigan concibiendo
como si sólo existieran en la mente de un hombre consumidor, como si esto
fuera más importante que la vida de ella!”
Garganta profunda en la cruzada antipornografía
“Me siento honrada cuando las mujeres se acercan para decirme que han
comprendido que no fueron hechas para eso”, afirmaba Andrea, cuya fuerza
argumentativa terminó por sumar a su causa a actrices porno y prostitutas
que valientemente enriquecieron las presentaciones con sus testimonios:
“Participé en la pornografía toda mi vida hasta 1987. Me violaron
tumultuariamente y luego me embaracé… La carrera de mi hija fue bastante
corta: la mató a golpes su padrote… siempre la golpeaban. A veces me
pregunto si el daño físico que le hacían era quizá porque el cuerpo de una
niña no está hecho para ser usado de esa manera. Quizás los bebés no deben
ser penetrados analmente con objetos, con serpientes o botellas o con los
penes, pero no lo sé porque toda mi vida fue así. Tengo cintas pornográficas
desde que era un bebé… He querido destruirlas tantas veces… pero quizá
esperaba que llegara alguien como Andrea”.
Linda Boreman también esperó a alguien como Andrea para ofrecer un
testimonio valiosísimo en esta cruzada, pues se trataba nada menos que de la
actriz que protagonizó a Linda Lovelance en Garganta profunda, el clásico
del cine porno. Su marido la introdujo en el mundo de la pornografía “a
punta de pistola”. A partir de entonces sufrió violencia, secuestros,
prostitución y nunca cobró ni un centavo por la película que recaudó 600
millones de dólares, según narra en su autobiografía Ordeal (1980).
Fue tan grande la influencia de Dworkin, que Linda se sumó a la cruzada y
rindió testimonio ante el congreso en 1983, cuando Andrea y Catherine
Mackinnon presentaron en Minneapolis el proyecto de ley que consideraba a la
pornografía “un atentado a los derechos civiles de las mujeres” porque
“existe coerción en la producción de pornografía, aplicación forzada de
material pornográfico sobre los demás, ataques directos originados por
cierta pornografía específica y tráfico pornográfico”.
Esta ley habría permitido a las víctimas ejercer acción civil y recibir
una compensación en efectivo para obtener ayuda siquiátrica o legal. En ese
año hubo audiencias públicas en las que el público habló a favor y en contra
de la pornografía; sin embargo, aunque fue aprobada por unanimidad, terminó
vetada, ya que la introdujo un republicano. Una ordenanza similar se dio en
Indianápolis; finalmente la Suprema Corte la declaró inconstitucional.
No obstante, Andrea Dworkin continuó firme en su tarea: “destruir toda la
pornografía” porque, según argumentaba en su iniciativa: “las mujeres
disfrutan la degradación y la violencia si así les place a los hombres, dado
que la sexualidad está definida por ellos y para ambos sexos (… ) Bajo el
patriarcado, la subordinación de las mujeres es erotizada y la violencia se
ha hecho sexualmente atractiva”.
La estigmatización que rodeó a Andrea Dworkin toda su vida como
representante de un “feminismo trasnochado, radical y extremista” continuará
más allá de su muerte. Y es que, como bien decía: “la sociedad se traga todo
lo que le den y ha llegado a creer que nada de esto es malo, por eso la
gente no se escandaliza. No les importa”, se lamentaba, aunque nunca al
extremo de bajar la guardia, convencida de que “hace tiempo que comenzamos a
ver, a identificar, a articular el dolor de la brutalidad sistematizada. Es
tiempo de reconocer que gran parte de ese dolor es el resultado de un
sistema diseñado para asegurar nuestros placeres”.
La trascendencia y fuerza de su obra, que aún aguarda ser traducida del
inglés, sin duda enriqueció al movimiento de mujeres, porque, como expuso
Gloria Steinem en su funeral: “en cada siglo hay una serie de escritores que
ayudan a la especie a evolucionar: Andrea forma parte de ellos”. |
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cronología |
| 1946 |
Nace en Camden, New Jersey, USA |
| 1974 |
Publica El odio a las mujeres |
| 2005 |
Fallece |
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